Historias https://www.persecution.com/es/historias/ La Voz de los Mártires Thu, 20 Nov 2025 14:52:28 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.9 https://www.persecution.com/es/historias/wp-content/uploads/2022/04/favicon-32x32-2.png Historias https://www.persecution.com/es/historias/ 32 32 Sembrando la semilla del Evangelio en una tierra peligrosa https://www.persecution.com/es/historias/sembrando-la-semilla-del-evangelio-en-una-tierra-peligrosa/ Fri, 26 Dec 2025 09:30:00 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5578 Nota del Editor Yasmine Siadau compartió su historia con nosotros 16 días después del asesinato de su esposo. Yasmine estaba afuera de su casa hablando con una amiga cuando escucharon disparos en la calle. “Vi que venían disparando —recordó Yasmine—. Entré a la casa a decirle a mi esposo que saliera porque venía la gente mala”.  Extremistas islámicos han devastado grandes zonas de Burkina Faso desde 2016. Dos notables grupos militantes en la región son el Estado Islámico en el Gran Sahara (ISGS) y Jama’at Nusrat al-islam, o JNIM, que se traduce como “El grupo que apoya al islam y a los musulmanes”. Estos grupos usan los desiertos de Malí y Níger como refugio, y atacan sin previo aviso, aprovechando la baja capacidad militar de Burkina Faso. “Los terroristas están mejor armados que el ejército”, dijo un pastor local. Los grupos islamistas han tomado el control de aproximadamente el 40% de Burkina Faso, han matado a más de 10.000 personas y han obligado a alrededor de 1.7 millones, incluidos muchos musulmanes, a huir de sus hogares y refugiarse en campos para desplazados internos. Los militantes han atacado específicamente a los cristianos en el país desde 2019, a menudo centrando sus

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Nota del Editor

Yasmine Siadau compartió su historia con nosotros 16 días después del asesinato de su esposo.

Yasmine estaba afuera de su casa hablando con una amiga cuando escucharon disparos en la calle. “Vi que venían disparando —recordó Yasmine—. Entré a la casa a decirle a mi esposo que saliera porque venía la gente mala”. 

Extremistas islámicos han devastado grandes zonas de Burkina Faso desde 2016. Dos notables grupos militantes en la región son el Estado Islámico en el Gran Sahara (ISGS) y Jama’at Nusrat al-islam, o JNIM, que se traduce como “El grupo que apoya al islam y a los musulmanes”. Estos grupos usan los desiertos de Malí y Níger como refugio, y atacan sin previo aviso, aprovechando la baja capacidad militar de Burkina Faso. “Los terroristas están mejor armados que el ejército”, dijo un pastor local.

Los grupos islamistas han tomado el control de aproximadamente el 40% de Burkina Faso, han matado a más de 10.000 personas y han obligado a alrededor de 1.7 millones, incluidos muchos musulmanes, a huir de sus hogares y refugiarse en campos para desplazados internos. Los militantes han atacado específicamente a los cristianos en el país desde 2019, a menudo centrando sus ataques en pastores y líderes cristianos mientras buscan crear un califato islámico. Una denominación informó que 500 pastores se han visto obligados a huir en los últimos años debido a la actividad islamista.

El 15 de mayo de 2023, hombres armados atacaron la ciudad de Yasmine, ubicada al norte de Burkina Faso, cerca de la frontera con Malí. Su esposo, el pastor Laurent Siadau, le suplicó varias veces irse con él en su pequeña motocicleta. Pero Yasmine no quería dejar a su amiga, así que decidió huir con ella a pie mientras Laurent se alejaba a toda velocidad en la motocicleta.

Al escuchar más disparos detrás de ellas, las mujeres corrieron hacia el bosque y finalmente encontraron refugio en otro pueblo. Mientras tanto, en la ciudad de Yasmine, las fuerzas gubernamentales llegaron para enfrentar a los terroristas. Los combates entre islamistas y militares impidieron que Yasmine volviera a casa durante más de 24 horas, y no pudo comunicarse con su esposo a través de su teléfono móvil.

Cuando pudo regresar a casa, Yasmine vio la motocicleta de Laurent tirada afuera de su casa. Dos de sus hijos adultos le dijeron que, por razones desconocidas, él había corrido a la iglesia de al lado, quizás para esconderse, y que los islamistas que estaban dentro de la iglesia le dispararon en la cabeza.

Hacía poco que Laurent ministraba a tiempo completo. La mayor parte de su vida había trabajado como cocinero en la capital del país, Uagadugú. Pero en 2018, después de que cuatro de sus cinco hijos habían crecido lo suficiente, comenzó a asistir a la escuela bíblica. Y dos años más tarde, sintió el llamado a ministrar en el norte de Burkina Faso, de mayoría musulmana o animista y donde los extremistas islámicos estaban activos.

Yasmine dijo que evangelizar a la gente de esa región era similar a trabajar en una granja. “En la aldea, [el Evangelio] es como una semilla”, dijo. Ella y Laurent sembraron las semillas del Evangelio y trabajaron duro para cultivarlas. Yasmine dijo que un fruto del ministerio de oración de Laurent fue ver a sus vecinos liberados de la opresión espiritual. “Cuando recuerdo eso — comentó—, me siento muy feliz”.

Desde el asesinato de su esposo, Yasmine ha encontrado consuelo al orar con su familia.

Uno de los hijos de la pareja, Marcel, recordó que no todos en la familia estaban a favor de que se mudaran a la peligrosa región al norte de Burkina Faso. Tías, tíos y otros parientes le advirtieron: “No dejes que tu padre vaya a esa aldea; no lo quieren allí”.

Pero Marcel dijo que su padre estaba comprometido con su ministerio evangelístico. “Él siempre les decía que Dios lo había llamado a esa aldea… —dijo Marcel— y que debía ir a cumplir lo que Dios le había llamado a hacer”.

A pesar de la brutalidad y la injusticia del asesinato de Laurent, Yasmine dijo que no siente ira hacia sus asesinos. “El deseo de mi corazón es que Dios haga que Su Espíritu se encuentre con estas personas —explicó—, y cambie sus corazones así como se encontró con Saulo en el camino a Damasco”.

Marcel también ora para que los que mataron a su padre se arrepientan y conozcan al Señor “para que un día también puedan ir al cielo”. Actualmente él estudia en una escuela de capacitación bíblica y está decidido a seguir los pasos de su padre y entrar en el ministerio.

“Oren para que me vincule al ministerio cuando complete mi estudio —dijo Marcel—. Y para que mis tíos y otros familiares que no conocen a Jesús se encuentren con Jesús y sepan que mi padre no murió en vano. Murió por la fe. Murió por el Evangelio”.

Yasmine también pidió oración para perseverar en la fe. “Oren por mí —dijo—, para que Dios me consuele y me mantenga firme en mi fe hasta el final. Voy a ver a mi esposo [allá]. Es mi voluntad y mi deseo”.

Aunque apenas está iniciando su proceso de duelo, Yasmine recuerda con cariño el trabajo que hizo con Laurent, sembrando semillas del Evangelio al norte de Burkina Faso. “Estoy muy feliz por lo que hicimos —dijo—, porque muchos han entregado su vida a Cristo”.

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El precio de andar en el camino de Dios https://www.persecution.com/es/historias/el-precio-de-andar-en-el-camino-de-dios/ Fri, 12 Dec 2025 09:30:00 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5573 Un cristiano paga el más alto precio cuando su testimonio afecta el comercio ilegal en una aldea de Sri Lanka. Después de una reunión de oración en la Iglesia Misión de Oración, la mañana del 16 de diciembre de 2021, Kalithas Selvakeerthi habló con su pastor, Ravichandran, sobre una decisión importante que había tomado: renunciaba como presidente del comité de desarrollo comunitario para ingresar al ministerio de tiempo completo en la iglesia. “Si la iglesia está abierta y yo no estoy ahí, es porque estoy en la cárcel o estoy muerto”, había dicho Kalithas muchas veces.  Kalithas se preocupaba profundamente por su comunidad, así como por el pueblo de Dios como anciano en la iglesia. Constantemente veía a las familias de la comunidad y llevaba alimentos a los necesitados. Incluso los líderes hindúes locales notaban y respetaban sus actos de compasión. “El hermano Selvakeerthi hizo muchas cosas en beneficio de la comunidad”, dijo Seelan, un líder hindú que trabajó junto a Kalithas en el comité de desarrollo comunitario. Kalithas sabía que vivir su fe cristiana en una aldea mayoritariamente hindú podía implicar un alto precio, pero amaba a la iglesia y creía en el poder del Evangelio para cambiar vidas.

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Un cristiano paga el más alto precio cuando su testimonio afecta el comercio ilegal en una aldea de Sri Lanka.

Después de una reunión de oración en la Iglesia Misión de Oración, la mañana del 16 de diciembre de 2021, Kalithas Selvakeerthi habló con su pastor, Ravichandran, sobre una decisión importante que había tomado: renunciaba como presidente del comité de desarrollo comunitario para ingresar al ministerio de tiempo completo en la iglesia. “Si la iglesia está abierta y yo no estoy ahí, es porque estoy en la cárcel o estoy muerto”, había dicho Kalithas muchas veces. 

Kalithas se preocupaba profundamente por su comunidad, así como por el pueblo de Dios como anciano en la iglesia. Constantemente veía a las familias de la comunidad y llevaba alimentos a los necesitados. Incluso los líderes hindúes locales notaban y respetaban sus actos de compasión. “El hermano Selvakeerthi hizo muchas cosas en beneficio de la comunidad”, dijo Seelan, un líder hindú que trabajó junto a Kalithas en el comité de desarrollo comunitario.

Kalithas sabía que vivir su fe cristiana en una aldea mayoritariamente hindú podía implicar un alto precio, pero amaba a la iglesia y creía en el poder del Evangelio para cambiar vidas.

Kalithas tuvo diferentes prioridades antes de llegar a la fe en Cristo. De joven, ganaba dinero vendiendo kasippu, un fuerte licor, en el mercado negro. Tiempo después se casó con Ketheswary, una mujer que conoció en un pueblo que visitaba por negocios. Pero su participación en el comercio ilegal de licor lo llevó a una batalla contra el abuso de drogas y alcohol.

Un día, Kalithas fue confrontado por un evangelista cristiano, quien lo instó a dejar su estilo de vida pecaminoso y a poner su fe en Cristo. Kalithas y Ketheswary entendieron que seguir a Cristo significaba no solo dejar su religión hindú y perder el apoyo de sus familias, sino también abandonar el lucrativo comercio del mercado negro.

Después de pensar seriamente en el mensaje del evangelista, Kalithas puso su fe en Cristo y abandonó la venta ilegal de licor para convertirse en pescador.

Kalithas y Ketheswary fueron los primeros creyentes en su aldea, y Kalithas pronto comenzó a compartir el Evangelio y a invitar a los vecinos a ir a su casa para orar. En 2001, la pareja fundó la primera iglesia del pueblo en su casa. Hoy en día, el pueblo cuenta con cuatro iglesias y unos 500 creyentes.

Kalithas sentía una preocupación particularmente por los jóvenes locales, les mostraba que la vida con Cristo era mucho mejor que una vida de adicción al kasippu y a las drogas. Con el tiempo, su trabajo ministerial tuvo un efecto notable en el comercio del mercado negro en el pueblo, provocando amenazas de los distribuidores locales.

“Él luchó para salvar a la generación joven de todo tipo de adicciones —dijo Seelan—. Se entregó a eso, y muchos de los que dirigían este negocio se enojaron con él”. Seelan también dijo que Kalithas declaró una vez que, aunque podría ser asesinado por su trabajo, no dejaría de luchar por los corazones de la generación más joven.

Las tensiones religiosas entre hindúes y cristianos eran ligeramente evidentes en el pueblo de Kalithas, y ocasionalmente se desbordaban en ataques contra los cristianos. Sin embargo, Kalithas no hizo distinción entre hindúes y cristianos cuando se trataba de su trabajo. Mostraba una gran compasión por muchas familias hindúes, incluso por aquellas que sabía que estaban involucradas en el comercio en el mercado negro al que se oponía.

Después de la reunión de oración en la que Kalithas anunció su intención de estar en el ministerio de tiempo completo, estaba en casa con Ketheswary cuando fueron sorprendidos por algo que golpeó la puerta de metal fuera de su casa. Cuando Kalithas fue a comprobar el ruido, cuatro hombres rompieron la puerta y lo rociaron con kasippu. Luego lo rodearon y comenzaron a golpearlo sin piedad. Cuando Kalithas cayó al suelo, uno de los atacantes agarró una barra o palanca de hierro y golpeó a Kalithas en la cabeza. Antes de que los atacantes huyeran, Ketheswary identificó a uno, era un hombre que recientemente había recibido de ellos un paquete de alimentos.

Conmocionada y asustada por el ataque a su esposo, Ketheswary llamó a su yerno para que llevara a Kalithas, que estaba inconsciente, al hospital. Los médicos concluyeron que su herida en la cabeza era demasiado grave para tratarla. Kalithas, que nunca recuperó la conciencia, fue mantenido con soporte vital mientras familiares y amigos se reunían para consolarse mutuamente y ver a Kalithas por última vez. Murió dos días después del ataque.

“Su pérdida es un gran golpe para este pueblo —dijo Seelan—. No podemos llenar este vacío”.

La pérdida del pueblo no se puede comparar con el sufrimiento de la familia de Kalithas, ya que Ketheswary ahora tiene seis hijos que mantener mientras lidia con su propio dolor. VOM ha proporcionado a la familia alimentos y gastos de manutención, lo que, según Ketheswary, le ha traído nuevas esperanzas.

Aun así, sigue luchando con preguntas sobre por qué Dios permitió que su esposo muriera. Y sus parientes hindúes se han burlado de ella con otras preguntas: “tu esposo fue asesinado de forma miserable —dijeron—. ¿Vas a seguir creyendo en tu Dios solo por creer en algo?”.

“Creo en Dios —les respondió Ketheswary—, y me encontraré con Kalithas en el cielo. Nunca he considerado apartarme de mi fe o de mi Dios”.

Todos los hijos de Kalithas han luchado contra sus deseos de venganza, pero un pastor visitante de la India los ayudó a obtener una perspectiva bíblica. “Él nos enseñó acerca del perdón —dijo Joshuba, la hija mayor de Kalithas—. Dios me ayudó a soltar [la amargura] y me sanó. Por la gracia de Dios los he perdonado”.

El pastor Ravichandran expresó su certeza de que la vida y la muerte de su amigo Kalithas, así como la manifestación de amor y apoyo del cuerpo global de Cristo, tendrán una influencia duradera en el pueblo. “La comunidad ha visto cómo el Señor ha sido fiel con esta familia y ha cuidado de ellos —dijo—. Esto ha abierto una puerta para testificar a muchos de ellos”.

La vida de Kalithas permanece como un ejemplo a seguir para su familia e iglesia. “Como esposo fue fiel, como padre fue fiel, en la iglesia local fue fiel y comprometido —dijo Joshuba—. Mi padre vivió una vida que agradaba a Dios ante la comunidad, la iglesia y la familia, y pagó un alto precio por caminar en el camino [de Dios]. Yo insto a todos a vivir una vida digna del llamado”. 

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De Vándalo a Asechado https://www.persecution.com/es/historias/de-vandalo-a-asechado/ Fri, 28 Nov 2025 09:30:00 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5562 De Vándalo a Asechado

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Un exmusulmán se convierte en uno de los “100 criminales más buscados” de Uzbekistán a causa de su valiente testimonio para Cristo.

De niño, Max soñaba con seguir la trayectoria profesional de su padre en la KGB (policía secreta) o con unirse al ejército, ambas profesiones relativamente prestigiosas en el Uzbekistán postsoviético. Pero a los 12 años se enteró de algo que cambió la forma en que veía a su familia y a sí mismo.

“Escuché que era adoptado —dijo Max—. Mis padres [biológicos] me habían abandonado cuando nací. En nuestra cultura, eso es una gran vergüenza. Estaba muy triste ese día. Perdí la esperanza en el futuro”. Max juró vengarse de sus padres biológicos, soñando con encontrarlos y castigarlos. También comenzó a orar por una forma de escapar de su vida sin esperanza. “Todas las noches oraba antes de dormir: ‘Por favor, que esta noche sea la última’ — dijo—. ‘Déjame morir esta noche. No quiero ver el mañana, porque cada día para mí es oscuro’”.

Despertando cada mañana con esa oscuridad aún en su corazón, Max se convirtió, como él mismo se describe, en un vándalo; se metía en peleas, causaba problemas y maldecía descaradamente. Pero anhelaba algo diferente. “Buscaba la paz en mi corazón”, dijo.

En su búsqueda de paz, se convirtió en un musulmán devoto, visitando a un imán local tres o cuatro veces por semana para recibir lecciones de oraciones e historia islámicas. Sin embargo, Max tenía preguntas que sus estudios no respondían, y el imán lo reprendió por hacerlas.

Luego supo que dos de sus hermanos habían cumplido condena en la cárcel por delitos menores, lo que destrozó su sueño de unirse a la policía o al ejército. Aunque continuó orando y buscando respuestas, su corazón se amargó para con Alá.

A principios del año 2000, un amigo que Max había conocido en el gimnasio lo animó a cuestionar el islam. Tursyn, que era cristiano, había experimentado las mismas presiones y pobreza que Max, que en ese momento tenía 20 años, pero Max notaba que algo poderoso había cambiado la vida de Tursyn.

Tursyn le contó a Max cómo había llegado a ver a Dios de una manera nueva y le hizo preguntas para reflexionar, aunque inicialmente no mencionó a Jesucristo. Como la familia de Max estaba entre el 80% de los uzbekos musulmanes suníes, las preguntas de su amigo sobre la fe no parecían inusuales. Entonces Tursyn dijo algo que tocó el profundo anhelo en el corazón de Max.

“Max, tú sabes, este mundo tiene un Dios —dijo Tursyn—. Él está vivo, es el único Dios, y te ama”.

“Escuché por primera vez sobre el amor de Dios —recordó Max—. Y por dentro pensé: ‘¿Cómo puede amarme un Dios santo si mis padres biológicos me abandonaron y no me amaron?’. El islam nunca habla del amor de Dios… Eso era completamente nuevo”.

El poderoso mensaje se quedó con Max, y tres meses más tarde él regresó con Tursyn.

“Háblame de Dios”, dijo Max. Tursyn le habló de Jesús y de la salvación ofrecida por medio de la fe en él. Entonces, el 22 de abril —celebrado en Uzbekistán como el cumpleaños de Lenin— Max celebró su propio nuevo nacimiento.

Tursyn oró con Max mientras se arrepentía y ponía su fe en Cristo. “Sentí que algo cambió inmediatamente en mi vida —dijo Max—. No tuve paz desde que supe que fui adoptado… todas las noches le pedía a Alá que me quitara la vida. Pero ese día dormí bien. Ese día fui tan feliz”.

Con el tiempo, un cambio más profundo tuvo lugar en la vida de Max, y comenzó al día siguiente cuando leyó en la Biblia que Jesús enseñó a sus seguidores a amar a sus enemigos. Max aún luchaba con perdonar a sus padres biológicos.

“Le dije: ‘Dios, prometí hace mucho que los castigaría; fuera de eso, obedeceré toda tu Palabra’”, dijo Max. Pero cuando conoció a su madre biológica un mes después, su juramento de venganza hecho en la infancia cedió ante la misma gracia y perdón que Dios le había mostrado. “Cuando me reuní con ella por primera vez, pude ver en sus ojos que no había paz en su corazón —dijo—. La entendí y la perdoné”.

En esa época, el gobierno uzbeko intentaba constantemente infiltrarse en las iglesias bíblicas esperando reunir información que les ayudara a arrestar y encarcelar cristianos. Por ello, antes de poder asistir a una iglesia, a menudo se requería que el nuevo cristiano pasara unos meses siendo discipulado por un miembro de la iglesia para asegurar que no fuera un espía. Pero Max no podía esperar para contarles a otros cómo la gracia de Dios lo había cambiado, así que comenzó a compartir el Evangelio incluso antes de asistir a la única comunidad cristiana en el área.

“Yo solo sabía que era libre —dijo—, que había encontrado al verdadero Dios vivo; y compartía mi testimonio por todas partes”. Pero la audacia de Max pronto comenzó a llamar la atención, y un imán local advirtió a sus padres que serían rechazados por la comunidad si su hijo continuaba yendo “por el camino equivocado”.

Si bien el padre de Max reconoció el cambio positivo en la vida de su hijo, estaba preocupado por la advertencia del imán, una seria amenaza en la cultura basada en clanes de Uzbekistán. Él sugirió a Max que mantuviera el cambio de vida sin seguir a Cristo, pero Max rechazó la idea.

“Si saco a Jesús de mi corazón, seré como antes”, dijo. Max hizo un trato con su padre: su padre leería el Nuevo Testamento, y si encontraba algo malo en él, Max quemaría la Biblia.

Un año después, el padre, la madre, la esposa y los hermanos de Max habían puesto su fe en Cristo.

Pocas iglesias protestantes registradas eran toleradas en Uzbekistán en ese tiempo, y los cristianos bíblicos de iglesias no registradas a menudo eran multados y detenidos por celebrar servicios de adoración. Así que cuando los vecinos escucharon el sonido inconfundible de la adoración proveniente del apartamento de Max durante una reunión de la iglesia en casa, reportaron la reunión a la policía.

Max fue detenido e interrogado durante tres días. Luego, en una audiencia semanas después, las autoridades le impusieron una multa equivalente a 10 meses de salario por su obra evangelística. Por no pagar la multa, fue citado a comparecer ante el tribunal para responder por la deuda.

Max fue enviado a la oficina de un ejecutor de la Corte llamado Miras, quien decidiría si Max iría a prisión o cumpliría sentencia en servicio comunitario. Miras y algunos de sus colegas se turnaron para intimidar a Max y cuestionarlo sobre la fe a la que no renunciaría y la deuda que no podía pagar.

Max recuerda temblar de miedo, pero dijo que también se sentía obligado a predicar a sus interrogadores. Dijo que cuando los hombres vieron su audacia, parecían avergonzados. Algo en las respuestas de Max ablandó el corazón de Miras; se volvió más amable y finalmente dejó ir a Max sin castigo. Tras su liberación, Max le dijo a Miras: “Oraré por ti. Que Dios te bendiga. Jesús te ama”.

Entre 2001 y 2007, la policía, la KGB y los fiscales del gobierno interrogaron a Max en más de cincuenta ocasiones. Fue citado a comparecer ante el tribunal ocho veces por diversos cargos, incluyendo su vinculación con grupos terroristas, a pesar de las claras pruebas de que el antiguo “vándalo” se había transformado en un hombre de paz y gozo.

Durante esos años, los esfuerzos de evangelización de Max y otros cristianos fieles produjeron abundantes frutos. En la república autónoma de Karakalpakistán, en Uzbekistán, donde vivía Max, el número de iglesias en casa clandestinas creció de un grupo en el año 2000 a noventa grupos en 2007. “La persecución nos ayudó a ser fuertes y a compartir el Evangelio”, dijo Max. Pero el explosivo crecimiento avivó la creciente oposición del gobierno.

En agosto de 2007, Max fue arrestado de nuevo, y esta vez los funcionarios confiscaron su pasaporte y otros documentos oficiales. El abogado de Max le dijo que su libertad y su vida estaban en peligro. Su mejor oportunidad era ir a un lugar más seguro y esperar a que el gobierno le concediera la amnistía.

La noticia entristeció a Max. “Amo Karakalpakistán — dijo—. Siempre dije: ‘Nací aquí y moriré aquí’”. Y huyó solo, de improviso, dejando a su esposa embarazada y a sus dos hijos pequeños para que lo siguieran más tarde.

El 9 de agosto de 2007, en medio de la noche, un amigo lo llevó a más de 1 000 km hasta la capital de Uzbekistán, Tashkent. Cuando se detuvieron a orar en las afueras de Nukus, Max se volteó para echar un último vistazo a su amada ciudad natal. Dijo que sentía que Dios le estaba diciendo que no volvería a ver la ciudad durante mucho tiempo. “Lloré todo el camino desde Nukus hasta Tashkent”, dijo.

Max permaneció en Tashkent durante un mes, esperando mejores noticias de su abogado, pero su situación legal se estaba deteriorando. Después de días de ayuno y oración, Max partió a pie para cruzar la frontera con Kazajistán. Evitó ser detectado disfrazándose de granjero, pero tenía un largo camino por recorrer antes de llegar a la relativa seguridad de Almaty, la ciudad más grande de Kazajistán.

Después de cruzar la frontera, una familia cristiana organizó la siguiente etapa del viaje de Max: 120 km hasta Shymkent en un taxi compartido. Para consternación de Max, el otro pasajero era un oficial de policía que se dirigía a ocupar un nuevo puesto. “Fingí estar dormido —dijo Max—, pero en realidad estaba orando”.

A los diez minutos de viaje, el taxi llegó a un control de seguridad, donde Max esperaba ser arrestado si se le pedía su identificación. Pensó en salir corriendo, pero Max sabía que los soldados le dispararían antes de que pudiera cubrirse. “Mi vida ha terminado aquí”, pensó.

Cuando los soldados vieron la insignia policial del otro pasajero que designaba su alto rango, simplemente hicieron señas para que pasara el automóvil. “Quería abrazar a este policía —dijo Max—. Para mí, era un ángel de Dios”.

Aunque ahora era un refugiado indocumentado, Max continuó sus ministerios de evangelismo y de iglesias en casa cuando llegó a Almaty. Pero para su sorpresa y consternación, pronto se encontró con Miras, el ejecutor de la corte de su primer arresto.

Apresurándose a calmar los temores de Max, Miras explicó que se había convertido en pastor cristiano desde su encuentro en Uzbekistán. “Max, compartiste el Evangelio conmigo —dijo—, eso cambió mi corazón”. Esa relación, que había comenzado con persecución, se convirtió en una colaboración en el Evangelio, pues Max se convirtió en mentor de Miras.

Tras su estancia en Almaty por algunos meses, un amigo le aconsejó solicitar el estatus oficial de refugiado, un proceso que dura al menos 10 meses. Sin embargo, las pruebas de persecución hacia Max en Uzbekistán eran tan convincentes que las Naciones Unidas le concedieron a él y a su familia el estatus de refugiados al cabo de solo un mes.

Dado que el estatus de refugiado no garantizaba la seguridad de Max, sus amigos vigilaron cuidadosamente su paradero mientras transportaban a su familia para que se reuniera con él en mayo de 2008. Viajaron al amparo de la noche, cambiando de auto repetidamente y tomando rutas sinuosas. Pero ni siquiera estas precauciones fueron suficientes. Tres días después de la llegada de la familia, agentes uzbekos y policías kazajos irrumpieron en su casa y secuestraron a Max.

“Cuando pregunté por qué me arrestaban, me golpearon como si realmente fuera un terrorista —dijo Max—. Me preguntaron: ‘¿Dónde están tus armas? ¿Cuál es tu objetivo?’”.

Max trató de mostrarles sus documentos de refugiado, pero no les importó; los agentes uzbekos tenían la intención de regresar a Max a Uzbekistán.

La esposa de Max contactó inmediatamente a las organizaciones internacionales de refugiados, las cuales buscaron a Max durante tres días. El gobierno kazajo, presionado por la atención dada por los medios de comunicación decidió liberar a Max de la cárcel secreta donde estuvo detenido.

La noticia de su secuestro impulsó a varios países a ofrecer refugio a Max y a su familia “Mucha gente espera 10 años y no puede mudarse [a estos países] —dijo—. Otros quieren irse, pero yo quería quedarme”. Max ayunó y oró durante 36 días antes de tomar una decisión. “Está bien —le dijo a su familia—, nos quedaremos aquí. Dios estará con nosotros”.

En enero de 2010, el gobierno kazajo anunció que deportaría a todos los refugiados. Quienes tenían pasaporte huyeron a lugares como Turquía, mientras que los que no contaban con pasaporte, como Max, tenían un futuro más incierto.

El 5 de septiembre, Max fue arrestado y notificado que tenía 40 días para apelar su deportación. Mientras no estuvo en Uzbekistán, las autoridades aumentaron sus cargos, alegando que era el cerebro de una célula terrorista. Ahora estaba en la lista de los “100 más buscados” de Uzbekistán.

Max asumió que su deportación y “desaparición” serían inminentes. En la cárcel, esperó y oró, pensando que nunca volvería a ver a su familia. Aunque Max no se enteró del alcance de los esfuerzos hasta más tarde, la presión política de otros países, las protestas públicas, las negociaciones internacionales y un movimiento mundial de oración resultaron a su favor.

Luego, el 4 de diciembre, Max fue liberado de prisión y conducido directamente al aeropuerto, donde su familia lo esperaba, junto con cincuenta amigos cristianos que habían venido a orar por ellos. En menos de 24 horas después de salir de la cárcel, Max entró en un apartamento en Suecia, el cual sería el nuevo hogar de su familia.

Tener que aprender un idioma y adaptarse a una cultura diferente no frenó el fiel trabajo ministerial de Max. En Suecia encontró amistad con creyentes de diferentes países, y él y su esposa continúan evangelizando a la comunidad musulmana multiétnica allí.

Max también se unió a una organización cristiana global para dirigir sus ministerios turco-rusos, que cubren a 230 millones de personas y 37 idiomas, incluidos los idiomas túrquicos karakalpako, kazajo y uzbeko.

Ahora, cuando Max enseña a los cristianos, los prepara para una posible persecución para que puedan enfrentarla con esperanza. “La persecución no es nueva —dijo—, pero nadie [ha podido] destruir a los hijos de Dios”.

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Amando a sus enemigos https://www.persecution.com/es/historias/amando-a-sus-enemigos/ Fri, 07 Nov 2025 09:00:00 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5545 Aun paralizado por una herida de bala, un pastor iraquí, sin inmutarse, proclama el Evangelio. La propuesta de matrimonio de Haytham a su esposa, Mary, fue la última y la menos romántica de las tres que recibió. “Creo que te amo —comenzó—, y quiero que seas mi esposa, pero también quiero contarte el plan para mi vida”. Entonces le explicó el llamado de Dios en su vida: su deseo de dejar su trabajo ministerial en el Líbano y regresar a su tierra natal iraquí para predicar el Evangelio. “Lo más probable es que tenga una vida más difícil que la persona promedio”, advirtió. Haytham estaba listo para ser rechazado. Sabía que vivir como obrero cristiano en un país devastado por la guerra y predominantemente musulmán no era la vocación de todos los cristianos. Sin embargo, su devoción a ese llamado era justo lo que Mary quería en un esposo. “Señor, quiero que envíes a alguien dedicado a ti – había orado -, y con él quiero casarme”. Ella reconoció a Haytham como la respuesta a esa oración. Un año después de casarse, en 1999, la pareja se mudó a una zona del Líbano densamente poblada por refugiados iraquíes y estableció

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Aun paralizado por una herida de bala, un pastor iraquí, sin inmutarse, proclama el Evangelio.

La propuesta de matrimonio de Haytham a su esposa, Mary, fue la última y la menos romántica de las tres que recibió.

“Creo que te amo —comenzó—, y quiero que seas mi esposa, pero también quiero contarte el plan para mi vida”. Entonces le explicó el llamado de Dios en su vida: su deseo de dejar su trabajo ministerial en el Líbano y regresar a su tierra natal iraquí para predicar el Evangelio. “Lo más probable es que tenga una vida más difícil que la persona promedio”, advirtió.

Haytham estaba listo para ser rechazado. Sabía que vivir como obrero cristiano en un país devastado por la guerra y predominantemente musulmán no era la vocación de todos los cristianos. Sin embargo, su devoción a ese llamado era justo lo que Mary quería en un esposo.

“Señor, quiero que envíes a alguien dedicado a ti – había orado -, y con él quiero casarme”. Ella reconoció a Haytham como la respuesta a esa oración. Un año después de casarse, en 1999, la pareja se mudó a una zona del Líbano densamente poblada por refugiados iraquíes y estableció un ministerio en la comunidad.

Cuando Haytham y Mary se comprometieron a proclamar el Evangelio a los iraquíes, Irak había vivido en un estado de guerra e inestabilidad económica durante dos décadas, así que la joven pareja espero una señal del Señor para saber el momento adecuado para irse.

Haytham había crecido en una familia católica cerca de Bagdad, pero tenía muchas preguntas sobre la Biblia y sobre Dios. Y lo que conoció del islam también lo dejó insatisfecho. Luego, en 1994, a la edad de 23 años, conoció a unos cristianos que recibieron con agrado sus preguntas. Cuando uno de ellos comenzó a hablarle de Cristo y sobre la salvación, Haytham lo interrumpió.

“Por favor, perdóname —dijo—, pero conozco esta historia. No hace falta que me la digas. Necesito saber si la Biblia es realmente la Palabra de Dios o no. Si esta es la Palabra de Dios, necesito saber lo que Dios quiere que haga con ella.

Sin inmutarse, el cristiano le dio a Haytham lo que pedía: respuestas seguras sobre la verdad y el poder de la Palabra de Dios. Pero luego desafió a Haytham a no pensar en “lo que Dios quiere de él”, sino en “lo que él necesitaba de Dios”. Esta era una perspectiva que Haytham no había considerado.

“¿Cuál crees tú que es mi mayor necesidad?”, preguntó Haytham al joven. “Tu necesidad más importante es la más importante de todo ser humano —respondió el cristiano—. Tú eres un pecador y necesitas que Él te salve de tus pecados”. Con eso, regresó a la historia del Evangelio, pero esta vez Haytham entendió y respondió a la historia de una forma que no lo había hecho.

El crecimiento en la fe de Haytham fue rápido. Al cabo de un año se le pidió que dirigiera un grupo de jóvenes, y en 1996 fue nominado para asistir a un programa de formación teológica en Jordania. Después le dieron la oportunidad de ir al Líbano, donde continuó sus estudios mientras ayudaba a un pastor libanés a plantar una iglesia.

Pero su corazón le decía que pastorear una iglesia en el Líbano no era el camino correcto para él en ese momento. Durante una conferencia misionera, oró por la dirección del Señor. “El Señor tocó mi corazón para que tuviera que pensar en mi país, Irak —recordó Haytham—, y tengo que ir a predicar a Cristo allá”.

Poco después de que Haytham y Mary comenzaran a trabajar con refugiados iraquíes, dos acontecimientos hicieron posible comenzar su trabajo en Irak.

“En 2003 terminé mis estudios teológicos aquí en el Líbano —dijo Haytham—, y ese mismo año cayó el régimen de Saddam Hussein. Lo consideré una señal del Señor para poder entrar en Irak”.

Haytham y otro plantador de iglesias pasaron un mes en Irak, evaluando la situación y encontrando un lugar para trabajar. Bagdad, dijo Haytham, era “claustrofóbica”, tenía muchísimos obreros cristianos aprovechando la repentina apertura de la región. Así que en lugar de quedarse allí, él y Mary fueron a Mosul, una ciudad a la que era más difícil llegar tanto geográfica como espiritualmente.

Haytham encontró una casa de alquiler de dos pisos que les permitiría vivir en el segundo piso mientras usaban el primer piso para la obra ministerial. Y antes de terminar el 2003, la pareja se había mudado con su familia de cuatro miembros a su nuevo hogar.

Mary se enfrentó de inmediato a los desafíos que Haytham le advirtió antes de casarse. Fueron rechazados por sus vecinos, espiados en su casa y denunciados en la mezquita local.

“Claro que fue difícil —recordó Mary—. Pero fue un gran estímulo para mí pues tenía como meta el servir al Señor”. Y su trabajo dio frutos.

“Fue un tiempo maravilloso para el ministerio —dijo Haytham—. La gente deseaba tanto conocer de Dios. En los primeros dos meses, la planta baja se llenó de gente, y yo ministraba en cada pueblo”. El primer grupo de nuevos creyentes fue bautizado poco después del establecimiento de la iglesia.

Pero la presión de la comunidad era real y creciente. Con una mezquita a solo 91 metros de la puerta principal, Haytham y Mary podían escuchar a los líderes de la mezquita instruyendo a los musulmanes para que los evitaran. Haytham también sabía que lo estaban siguiendo, y pronto quien les arrendaba su casa le dio malas noticias. El jeque de la mezquita había emitido una fatwa contra ellos; el fallo, basado en la ley islámica, exigía que los cristianos fueran expulsados de la comunidad. Su familia y su próspera iglesia tendrían que mudarse.


Mosul, situada a orillas del río Tigris, en el norte de Irak, fue devastada por los islamistas tras la guerra de Irak de 2003 y de nuevo en 2014 por el autoproclamado Estado Islámico (ISIS).

Haytham encontró una nueva ubicación en Mosul y comenzó a renovarla. Pero la violencia aumentó en la ciudad y en todo Irak. En los meses anteriores, los bombardeos en las iglesias, los tiroteos desde vehículos y los secuestros habían puesto a la comunidad al límite.

Cuando el mes sagrado islámico del Ramadán estaba llegando a su fin en noviembre de 2004, Haytham y los miembros de su iglesia estaban listos para usar su nuevo edificio. La noche previa a la apertura, Haytham se sentó con Mary para tener una conversación seria.

“Si yo fuera martirizado, ¿cómo enfrentarías esta realidad?”, le preguntó a su esposa. Ella no quería considerar la posibilidad, pero Haytham insistió en la pregunta, recordándole que el martirio es el precio que algunos seguidores de Cristo pagan por su fidelidad. Él la animó a ser heroica frente a tal desafío, en caso de que ocurriera.

Al día siguiente, Haytham y su madre se dirigían a un pueblo cercano para recoger a algunos miembros de la iglesia cuando, en su espejo retrovisor, Haytham vio un automóvil que aceleraba detrás de ellos. Se orilló en el camino para dejar pasar al auto.

De repente, incluso antes de escuchar los disparos, sintió que el aire salía de sus pulmones. Luego, todo se volvió blanco mientras el automóvil se detenía junto a la carretera.

“Sentí que moría”, dijo Haytham. Vio escenas de su vida y escuchó a Mary y a los niños hablar. “Señor, acepta mi espíritu —oró—, y cuida de mi familia”.

Entonces sintió que una voz dentro de él le decía: “Solo muévete. No quiero que mueras. Quiero usarte”. Haytham abrió los ojos y trató de moverse, pero su cuerpo no respondía.

“Mamá, ¿qué pasó?”, le preguntó a su madre herida.

“Te dispararon”, respondió. Haytham recibió varios impactos. El daño más grave provino de una bala que atravesó su cuerpo de hombro a hombro, cortando parcialmente la médula espinal y dejándolo paralizado.


Mary y algunos amigos cristianos ayudaron a Haytham a recibir tratamiento en el Líbano después de que los islamistas le dispararon en Irak.

El primer médico que trató a Haytham le hizo preguntas para mantenerlo consciente. Cuando escuchó a Haytham orar, preguntó si estaba lanzando maldiciones sobre los hombres que le habían disparado. La respuesta de Haytham sorprendió al doctor.

“Desearía poder encontrarme con ellos y hablarles de la salvación del Señor —le dijo al médico—, para que no mueran en sus pecados y vayan al infierno”.

El doctor pausó su trabajo. “No comprendo —dijo—. ¿No quieres vengarte?”. Cuando Haytham dijo que no, el médico le pidió una explicación. “Dios, que es amor, mora en mi corazón —explicó Haytham— y me dio amor para todos, incluso para mis enemigos”.

Mientras tanto, Mary y otros en la iglesia se habían preocupado cuando Haytham y su madre no regresaron. Escucharon con inquietud las noticias de otros ataques violentos en la ciudad, pero no escucharon nada de Haytham. Finalmente, el padre y el hermano de Haytham fueron a buscarlos y descubrieron lo sucedido.

Cuando Mary llegó al hospital, se sorprendió por lo que vio. Su esposo estaba tirado en el suelo sin poder moverse y el hospital era un caos. Los mismos miembros de la iglesia cuidaron de Haytham, alimentándolo, brindándole atención médica y haciendo guardias.

Más tarde, unos amigos se enteraron de que los atacantes de Haytham iban a intentar matarlo de nuevo, y quedó claro que el hospital local no era un lugar seguro. Algunos cristianos lo llevaron de contrabando a la frontera con Siria, y desde allí fue llevado de vuelta al Líbano para recibir tratamiento médico durante ocho meses.

“Gente de todo el mundo donó dinero para tratarme en el hospital —dijo Haytham—. La cantidad de pastores y ministros que me visitaron en el hospital está más allá de la imaginación. Realmente sentimos cómo los hermanos en el Señor se aman unos a otros”.

La recuperación de Haytham fue larga y difícil, pero él y Mary vieron cómo Dios usaba incluso su sufrimiento para bendecir a otros.

“No colapsé emocionalmente —relató Haytham—, pero tuve momentos difíciles”. Seis meses después de su recuperación, un médico le dijo que probablemente nunca volvería a caminar. “Esto fue lo más duro que escuché — dijo—. Fue como si alguien me disparara en el corazón”.

Haytham llevó su dolor a Dios. “Señor, tú prometiste: ‘Mi paz os dejo’ —oró—. Yo quiero esa paz. Como le dijiste a Pablo: ‘Bástate mi gracia’. Yo quiero esa gracia”. Mientras oraba, se sentía cada vez más seguro de que su experiencia y perseverancia resultarían no solo en su propia paz, sino también en la paz de otras personas con quienes la compartía. Durante su estancia en el hospital, ofreció consuelo y aliento tanto a pacientes como a personal del hospital.

Actualmente, Haytham volvió al ministerio de la iglesia en el Líbano, pero aún enfrenta muchos desafíos. Hasta hace poco, él y su familia vivían en un apartamento en un cuarto piso. A veces no había electricidad y Haytham tenía que esperar horas antes de poder usar el ascensor para llegar a su apartamento, o dejar su silla de ruedas y arrastrarse por las escaleras. Además, no puede visitar a la gente tan libremente como le gustaría ni pararse detrás de un púlpito para predicar como le gustaría.

“Yo era una persona muy confiada — recalcó—. Dependía de mí mismo, y el Señor me enseñó a depender más de Él”.


Haytham (abajo a la izquierda en silla de ruedas) continúa su trabajo ministerial hoy, liderando una iglesia en crecimiento en el Líbano y confiando en que Dios lo sostendrá.


La creciente dependencia de Dios de Haytham ha llevado a más oportunidades para compartir el Evangelio. “Una de las cosas que me fortalece es el ministerio —dijo—. Es una fuente de consuelo; me anima. Oren por mí. Necesitamos su oración para que el Señor nos fortalezca y acompañe”.

A pesar de los desafíos que ha enfrentado, Haytham lidera una creciente congregación y espera continuar en el llamado que recibió hace muchos años.

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Abandonando un lugar de odio https://www.persecution.com/es/historias/abandonando-un-lugar-de-odio/ Fri, 24 Oct 2025 10:00:00 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5538 Obligada a huir de Nigeria tras el asesinato de su esposo, una viuda cristiana regresa a Níger decidida a criar a sus hijos según la Palabra de Dios. Cuando el esposo de Rahila, Abdullahi, se convirtió en seguidor de Cristo, se enfurecido hermano, que practicaba la brujería, tomó medidas para detenerlo. En diciembre de 2009, Rahila y su esposo, Abdullahi, llevaron a su familia de ocho miembros a casi 805 km al sur, de Níger a Nigeria. El padre de Abdullahi había vivido en el estado de Kaduna, Nigeria, hasta su reciente muerte, y Abdullahi quería seguir trabajando la tierra de su padre. “Debido a que crecí aquí [en Níger], mudarme a Nigeria fue difícil —dijo Rahila—. Lo hice porque él era mi esposo y tenemos hijos, así que no hay problema”. Cuando el hermano mayor de Abdullahi, Umaru, supo del regreso de Abdullahi a Nigeria, fue a visitar a su hermano. Pero no fue un feliz reencuentro; Umaru se enojó cuando se enteró que Abdullahi y su familia se habían convertido al cristianismo. Como musulmán, Umaru no podía tolerar que su hermano menor asistiera a la iglesia cinco días a la semana. “Su hermano mayor salía cada vez que

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Obligada a huir de Nigeria tras el asesinato de su esposo, una viuda cristiana regresa a Níger decidida a criar a sus hijos según la Palabra de Dios.

En diciembre de 2009, Rahila y su esposo, Abdullahi, llevaron a su familia de ocho miembros a casi 805 km al sur, de Níger a Nigeria. El padre de Abdullahi había vivido en el estado de Kaduna, Nigeria, hasta su reciente muerte, y Abdullahi quería seguir trabajando la tierra de su padre.

“Debido a que crecí aquí [en Níger], mudarme a Nigeria fue difícil —dijo Rahila—. Lo hice porque él era mi esposo y tenemos hijos, así que no hay problema”.

Cuando el hermano mayor de Abdullahi, Umaru, supo del regreso de Abdullahi a Nigeria, fue a visitar a su hermano. Pero no fue un feliz reencuentro; Umaru se enojó cuando se enteró que Abdullahi y su familia se habían convertido al cristianismo. Como musulmán, Umaru no podía tolerar que su hermano menor asistiera a la iglesia cinco días a la semana.

“Su hermano mayor salía cada vez que íbamos [a la iglesia] e insultaba a toda la familia porque estábamos yendo a Jesús”, recordó Rahila.

El odio de Umaru hacia su hermano cristiano continuó creciendo durante los siguientes diez años.

Abdullahi y Rahila se sentían cada vez más inseguros cerca de Umaru, quien visitaba la granja con frecuencia. Rahila encontró especialmente inquietante su práctica del islam popular mezclado con brujería, Umaru creía que podía invocar a los espíritus para maldecir a otros con enfermedades o incluso la muerte.

“Descubrí que este hombre no tenía temor de Dios —dijo Rahila— y alguien así haría cualquier cosa”.

Abdullahi alguna vez practicó el mismo islam popular sincrético practicado por su hermano. Pero al dejar Nigeria para trabajar en Níger, escuchó el Evangelio y comenzó a ir a la iglesia, donde conoció a Rahila.

A medida que Abdullahi y su familia continuaban asistiendo a la iglesia en Nigeria, los insultos y maldiciones de Umaru se volvieron más preocupantes. Un día, Umaru escribió algunos versículos del Corán que pedían el juicio de Alá y luego enterró los pedazos de papel en el suelo, con la intención de maldecir la tierra que Abdullahi cultivaba.

Cuando nada sucedió, Umaru impugnó el reclamo legal de su hermano sobre la tierra de su padre debido a la fe cristiana de Abdullahi. Y cuando Umaru se enteró de que Abdullahi había hablado con las autoridades locales sobre su derecho a la tierra, le dijo a su hermano menor que lo mataría por intentar tomar lo que le pertenecía.

Una noche de septiembre de 2019, la noche previa a que fueran citados a oír la sentencia sobre los derechos sobre la tierra, Abdullahi y su familia estaban reunidos alrededor de una fogata en la granja. Cerca de las ocho de la noche, Umaru se acercó al fuego y sacó de su bolsillo una pequeña bolsa. Luego tomó una pizca de polvo de la bolsa, lo arrojó al fuego y retrocedió inmediatamente.

Aún de pie junto a las llamas, Abdullahi inhaló una bocanada del humo provocado por el polvo y de repente cayó al suelo. Entonces Umaru sacó otra bolsa, que se pensó era un antídoto contra el polvo venenoso que acababa de usar y miró a su hermano mientras luchaba por respirar.

“Sabes lo que te pasó —le dijo Umaru a Abdullahi—. Yo puedo sanarte”.

Sin embargo, en lugar de pedir la ayuda de su hermano, Abdullahi dijo: “Perdono todo lo que has hecho”.

Temiendo por la vida de Abdullahi, Rahila y sus hijos se arrodillaron a su lado y oraron. Luego Rahila le suplicó a Umaru que salvara la vida de su esposo, pero en lugar de ayudar a su hermano, Umaru desafió a Rahila a curarlo ella misma. “Si eres capaz de sanarlo, hazlo”, le dijo.

Rahila corrió por el pueblo, pidiendo frenéticamente a la gente que la ayudara a llevar a su esposo al hospital. Cuando regresó, Umaru dijo: “Nadie debería venir; ya está muerto. No hay nada que hacer”.

Mientras Rahila y sus hijos permanecían cerca del cuerpo de Abdullahi, llorando y abrumados por el dolor, Umaru hizo una última amenaza. “Ya ves, el tronco del árbol ha muerto, ahora cortaré las ramas una tras otra”.

Temiendo que Umaru fuera tras sus hijos, Rahila buscó una forma de escapar. Después de contarle su historia a una mujer cristiana de Níger que estaba en Nigeria por negocios, la mujer pagó para que un taxi llevara a Rahila y a sus hijos de regreso a Níger.

Umaru nunca fue acusado de asesinato, y a nadie en la aldea pareció importarle que Abdullahi hubiera muerto. En su sufrimiento y pérdida, Rahila decidió entregar todo a Dios. “Perdoné [a Umaru] antes de irme”, dijo.

Rahila ahora vive con su padre y su esposa, con quien se casó después de la muerte de la madre de Rahila.

Rahila y sus hijos han recibido ayuda no solo del padre de Rahila, sino también de los vecinos y de la familia de su iglesia local.

Además, obreros de la primera línea ministerial ayudan a Rahila con los gastos de manutención, las cuotas escolares de sus hijos y la formación profesional. “Es realmente por la gracia de Dios”, dijo Rahila sobre el apoyo que ha recibido.

Rahila recuerda a Abdullahi como un padre amoroso que dio todo lo que tenía a sus hijos. Ella dijo que cada vez que enfrentaban desafíos en la vida, él les decía que se animaran y confiaran en que Dios todavía tenía el control.

“Él creía en la Palabra de Dios y siempre estaba leyéndola y animándonos a leer y a orar más”, recordó.

Hoy en día, Rahila continúa compartiendo su amor por la Palabra de Dios con sus hijos. “La gente debe seguir orando por la fe de estos niños y por la mía —dijo— para que podamos seguir creciendo en la fe”.

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Después del atentado https://www.persecution.com/es/historias/despues-del-atentado/ Fri, 10 Oct 2025 13:30:00 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5510 El 22 de septiembre de 2013, terroristas suicidas atacaron la Iglesia de Todos los Santos en Peshawar, Pakistán, después de un servicio dominical de adoración. Un fiel matrimonio, que perdió dos hijos en el ataque, ha ayudado a traer esperanza y sanidad a su iglesia, además de una obediencia bíblica para perdonar a sus perseguidores. Anaya estuvo a punto de no ir a la iglesia ese domingo por la mañana. Su esposo, Fahmi, coordinador del ministerio juvenil en su provincia, estaba al otro lado del mundo en una conferencia de líderes juveniles cristianos. Así que Anaya, sola, tuvo que levantar y alistar a su hijo de 11 años, Ishan, y a su hija de 9 años, Naher, para el servicio de adoración de la mañana. Naher había despertado con fiebre esa mañana, y Anaya dudó en llevarla a la iglesia. Pero los niños le rogaron a su madre que los llevara a la escuela dominical, e incluso pidieron el apoyo de su padre en una videollamada temprano en la mañana. Anaya cedió y se dirigieron a la Iglesia de Todos los Santos, igual que todas las semanas. “Les preocupaba perderse la historia bíblica —dijo Anaya—. Siempre querían ir a la

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El 22 de septiembre de 2013, terroristas suicidas atacaron la Iglesia de Todos los Santos en Peshawar, Pakistán, después de un servicio dominical de adoración. Un fiel matrimonio, que perdió dos hijos en el ataque, ha ayudado a traer esperanza y sanidad a su iglesia, además de una obediencia bíblica para perdonar a sus perseguidores.

Anaya estuvo a punto de no ir a la iglesia ese domingo por la mañana. Su esposo, Fahmi, coordinador del ministerio juvenil en su provincia, estaba al otro lado del mundo en una conferencia de líderes juveniles cristianos. Así que Anaya, sola, tuvo que levantar y alistar a su hijo de 11 años, Ishan, y a su hija de 9 años, Naher, para el servicio de adoración de la mañana.

Naher había despertado con fiebre esa mañana, y Anaya dudó en llevarla a la iglesia. Pero los niños le rogaron a su madre que los llevara a la escuela dominical, e incluso pidieron el apoyo de su padre en una videollamada temprano en la mañana. Anaya cedió y se dirigieron a la Iglesia de Todos los Santos, igual que todas las semanas.

“Les preocupaba perderse la historia bíblica —dijo Anaya—. Siempre querían ir a la iglesia”. Pero el entusiasmo de Naher no fue más fuerte que la fiebre, así que fue al santuario para descansar en las piernas de su mamá a la mitad del servicio matutino. El himno final repetía el estribillo “Oh Señor Jesús, todos te necesitamos”.

Anaya planeaba evitar el tiempo de comunión después del servicio para poder llevar a su hija enferma a casa, pero se detuvo brevemente para hablar con su hermana y su cuñado, e Ishan salió a jugar con algunos amigos.

Luego el mundo de Anaya se hizo pedazos. A las 11:43 de la mañana, dos terroristas suicidas detonaron sus explosivos entre los casi 700 feligreses reunidos en el patio para una comida de convivencia. Inicialmente el número de muertos era de 81, incluyendo siete niños, y al menos 150 personas más resultaron heridas. Anaya resultó gravemente herida, mientras que Ishan y Naher estaban entre los siete niños muertos.

Después de la conferencia de líderes juveniles, Fahmi pasó una semana con unos primos en otro país. Una iglesia pakistaní le había pedido que hablara en un evento juvenil ese sábado, y después del evento se quedó despierto hasta tarde para hablar con Anaya y los niños a través de una videollamada a nueve zonas horarias de distancia.

En medio de la noche, Fahmi despertó por una llamada telefónica. Su primo, que trabajaba en el turno de noche, había visto en las noticias imágenes del atentado de Peshawar.

Fahmi llamó inmediatamente al teléfono de Anaya, pero no obtuvo respuesta. Luego llamó a su hermano mayor y no obtuvo respuesta. Llamó a todos los familiares y amigos en los que pudo pensar, pero nadie contestó.

“Sintonicé un canal de noticias pakistaní y vi los rostros, todos esos rostros me eran familiares y estaban heridos —recordó Fahmi—. Me parecía ver a toda mi familia en ese televisor”.

Continuó haciendo llamadas hasta que finalmente se comunicó con un amigo de otra iglesia. “Él dijo que había sido una situación muy, muy horrible en mi iglesia, y que no sabía nada de mi familia”, dijo Fahmi. Finalmente, Fahmi se comunicó con un amigo que le dijo que Anaya estaba gravemente herida. No sabía nada de los niños.

En cuestión de horas, sus amigos ayudaron a Fahmi a conseguir un vuelo temprano de regreso a Pakistán. “Solo oraba a Dios: ‘Por favor, no permitas que algo malo les haya pasado, que todo esté bien’ —dijo—. Esa era mi oración en mi viaje. Sentía que algo había sucedido, pero aun así oraba: ‘Por favor, Dios, permíteme ver a mi familia’”.

Él recopiló fragmentos de información mientras viajaba, revisando las noticias y llamando entre vuelos. Se enteró de que su madre, dos tíos, su cuñado y algunos primos habían muerto. Además, sus hermanos, sobrinos, su cuñada y muchos amigos resultaron heridos. Y después, alguien confirmó que sus preciosos hijos se habían ido.

La Iglesia de Todos los Santos es un edificio llamativo y hermoso, ubicado dentro de las antiguas murallas de la ciudad de Peshawar. Sus cruces ornamentales y versículos bíblicos pintados en la puerta la caracterizan como cristiana, pero la arquitectura similar a una mezquita tenía la intención de hacerla acogedora para los musulmanes, quienes constituyen aproximadamente el 98% de la población pakistaní. Pintadas sobre un arco al frente del santuario están las palabras de Isaías 56:7: “Los recrearé en mi casa de oración”.

Peshawar, con una población de más de 2 millones de habitantes, es la puerta de entrada a la peligrosa frontera con Afganistán. Es la capital de la provincia de Jáiber Pastunjuá (KPK), una zona azotada por la violencia en el noroeste de Pakistán, donde los atentados con bombas y los asesinatos no son raros. Su terreno montañoso y plagado de cuevas ha convertido a KPK en el refugio de numerosos grupos terroristas islámicos, incluidos Al Qaeda y los talibanes. El grupo militante Jundallah, una rama de los talibanes pakistaníes, se atribuyó la responsabilidad del atentado.

Dos terroristas suicidas de Jundallah, cada uno con casi 6 kilos de explosivos ocultos, llenos de balines y otras piezas de metal para causar el máximo daño, se filtraron en la iglesia con obreros locales que entregaban alimentos para la convivencia. Uno de los hombres fue detenido cerca de una puerta exterior, pero el otro estaba casi en la puerta principal de la iglesia cuando detonaron sus explosivos.

Ahora, 12 años después, el atentado sigue siendo uno de los ataques más mortíferos cometidos contra cristianos en Pakistán. La cifra final de muertos, incluidas las víctimas que sucumbieron a sus heridas semanas o incluso meses después del atentado, fue de 127 personas.

A pesar de todo el sufrimiento y el dolor, la Iglesia de Todos los Santos siguió siendo una luz para la comunidad. Una semana después del ataque, la iglesia estaba abierta y llena de fieles, incluidos muchos de los heridos y familiares de los fallecidos. Y cuando, cerca del final del servicio, un coche bomba fue detonado en un mercado a solo unas cuadras de distancia, los feligreses respondieron con oración en lugar de pánico.

Cuando Fahmi llegó a Peshawar, su primera parada fue para ver a su esposa en el hospital. Ella estaba en la unidad de cuidados intensivos, recuperando y perdiendo la conciencia, con el cuerpo quemado y acribillado por la metralla de las bombas. Debido a su frágil condición, los médicos le aconsejaron a Fahmi que le ocultara a Anaya la verdad sobre la muerte de los niños. Así que sonrió y la animó a concentrarse en mejorar, esquivando sus preguntas sobre Ishan y Naher. La visita duró solo unos minutos antes de que las enfermeras lo sacaran. La siguiente parada de Fahmi fue la morgue, para identificar a sus hijos y ver el cuerpo de su madre.

Para Fahmi, los siguientes días fueron borrosos. “La mayor parte del tiempo lo pasé en el hospital —dijo—. Mi vida entera era solo mi esposa, porque los niños ya no estaban, así que ¿dónde más estaría?”. Entre las breves visitas a Anaya, Fahmi visitó a otros sobrevivientes del ataque. Oró y consoló a viudas, viudos, huérfanos y padres que, como él, habían perdido a familiares en las explosiones. Se sentó con los heridos y les dio ánimo, mientras cargaba en privado su propio dolor.

“Estuve en la etapa de negación durante mucho tiempo, así que no lloré —compartió Fahmi—. Mis amigos me decían: ‘¿Por qué no estás llorando, cuando has pasado por todo este sufrimiento y has perdido tanto?’. Yo solo miraba a Dios; oraba a Dios, pero incluso a veces no sabía qué orar, cómo orar ni qué decirle a Dios”.

Unos 10 días después del bombardeo, un pastor visitó la Iglesia de Todos los Santos y compartió un mensaje de Romanos 8. “Nos planteó una pregunta —dijo Fahmi— ¿Quién nos separará [del amor de Dios]? ¿esta persecución? ¿algo más así de malo? Me hice esta pregunta al estar sentado en la iglesia. Entonces di la misma respuesta que San Pablo: Nada puede separarnos del amor de Dios. Y esa fue la primera motivación y el fortalecimiento de mi fe”.

Cuando Anaya fue trasladada a una sala de hospital normal, Fahmi le contó sobre la muerte de Ishan y Naher. Se impresionó, y después se enojó porque Fahmi le había ocultado la verdad, se enojó porque no pudo despedirse.

A pesar del enojo de Anaya, Fahmi se sintió aliviado porque finalmente pudieran llorar juntos la pérdida de sus hijos. Anaya había estado leyendo el libro de Job las semanas previas al bombardeo, por lo que esas palabras resonaron en su corazón durante su recuperación. Y así como Job se enfrentó a los acusadores, algunos amigos sugirieron que podía ser que Fahmi y Anaya tuvieran que arrepentirse de algún pecado secreto, como si la pérdida de sus dos hijos significara que estaban siendo castigados por Dios.

Fahmi y Anaya sabían que eso no era lo que Jesús enseñó sobre la pérdida y el sufrimiento, pero estaban heridos y confundidos tratando de procesar la tragedia.

“Cuando estuve en el hospital, mi fe se sacudió un poco y le preguntaba a Dios por qué se había llevado a los dos —dijo Anaya—. Incluso entonces no culpaba a Dios; no renuncié a mi fe. En todo este duelo y a lo largo de esta situación, Dios estuvo con nosotros. Fue Dios quien nos consoló y nos reconfortó”.

Anaya comenzó a soñar con sus hijos, viéndolos en un lugar que reconocía como el cielo. “Eso también me dio un poco de consuelo, que mis hijos están en ese lugar”, recalcó.

Debido a que Anaya no podía asistir a la iglesia, Fahmi hizo arreglos para que familiares y amigos fueran a su casa para los servicios de oración y adoración. “Toda la familia se reunió —recordó Anaya—. Ese fue el tiempo para lidiar con el sufrimiento, y Dios estuvo con nosotros en estos servicios de adoración. Nos ayudó mucho”.

En los meses posteriores al bombardeo, los ojos de Fahmi vieron una nueva oportunidad ministerial. Un amigo misionero coreano había comenzado a visitar a las víctimas del bombardeo en sus casas, y Fahmi se sintió dirigido a acompañar a su amigo. Su presencia en estas visitas, consolando a otros mientras atravesaba su propio sufrimiento y dolor, tuvo un poderoso efecto en aquellos a quienes visitaba. Se acordó de 2 Corintios 1:3–4, mientras consolaba a los demás con el consuelo que él mismo recibía del Señor.

“Me animó más ayudar a los demás —dijo Fahmi—. Me ayudó a superar mi propio sufrimiento, mi propio dolor y duelo”.

Cuando podía, Anaya acompañaba a Fahmi en estas visitas, especialmente en las visitas a los niños que habían perdido a uno o ambos padres en el bombardeo. Orar por estos huérfanos tenía un significado especial para ellos. “Cuando los visitábamos, les poníamos las manos en la cabeza y les decíamos que seríamos como sus padres [espirituales] —agregó Fahmi—. Esto les daba mucho aliento, valor, paz y consuelo”.

Unos meses después de que Anaya fuera dada de alta del hospital, dos regalos de Dios trajeron a la pareja un consuelo y una sanidad inesperados. En el nuevo año, Anaya quedó embarazada de una hija. Fahmi y Anaya también recibieron asesoría bíblica en otro país para su trauma y pérdida. Durante 10 semanas, procesaron lo sucedido a su familia y obtuvieron una visión más clara para servir a su angustiada iglesia.

“Cientos de familias fueron víctimas de este atentado, pero solo mi esposa y yo tuvimos esta oportunidad— recordó Fahmi al tiempo que consideraban los próximos pasos—. Ahora es nuestro momento de regresar y darles consuelo”.

Cuando Fahmi y Anaya regresaron a Peshawar, su deseo de desarrollar un ministerio de consejería bíblica a través de la iglesia solo se hizo más fuerte. Oraron para que Dios les proveyera oportunidades, y Él contestó su oración. Con la aprobación de los líderes de la iglesia en Pakistán y el apoyo de los hermanos y hermanas en Cristo, se mudaron en 2015 y Fahmi comenzó la licenciatura en consejería pastoral.

Después de graduarse, Fahmi recibió ofertas para servir en lugares más seguros, dentro de Pakistán y el extranjero. Pero la familia regresó a Peshawar, donde Fahmi asumió un puesto de profesor en un seminario cristiano cercano mientras iniciaba su trabajo de consejería.

“En nuestro país no hay una ‘cultura de consejería’ —expresó Fahmi—. La gente sufre, pero no quiere buscar ayuda”. Dijo que las personas a menudo tienen miedo de ser juzgadas o rechazadas como pecadoras si hablan de su dolor y sus luchas. Así que Fahmi, en lugar de esperar a que la gente se acerque, él los busca y los invita a charlar y orar mientras toman el té.

“Escuchar es muy importante, así que me concentro más en escuchar”, dijo. Cuando le piden ayuda o se abren naturalmente, entonces Fahmi ofrece un consejo piadoso y aliento bíblico. Es un proceso lento, pero más familias encuentran sanidad del trauma del ataque de 2013 como resultado de este acercamiento.

Recordando cómo otros trataron de explicar la muerte de Ishan y Naher como una especie de castigo divino o kármico, Fahmi trabaja para desarraigar los puntos de vista no bíblicos que él y Anaya enfrentaron, reemplazándolos con un punto de vista bíblico. A través de seminarios sobre traumas, campamentos de atención para los sobrevivientes y otras oportunidades de enseñanza, Fahmi explica a los participantes lo que las Escrituras enseñan sobre el sufrimiento y la persecución. El resultado, dijo, es que la iglesia se ha fortalecido en la fe desde el ataque. Fahmi y Anaya han visto a Dios sanar gran parte del quebrantamiento en sus vidas y equiparlos para ser instrumentos de restauración en su iglesia.

Esa restauración también ha significado aceptar las enseñanzas de Cristo sobre el perdón.

“Cuando los medios de comunicación vinieron y entrevistaron a muchas de las víctimas de nuestra iglesia [acerca del perdón], todos dijeron que los habíamos perdonado”, recordó Fahmi. Pero dijo que respondieron de esa manera porque sabían que debían hacerlo, no porque fuera realmente cierto. “Es realmente difícil perdonar a quienes matan a tus hijos”, dijo.

Pero el tiempo que pasó en soledad y reflexión, así como sus estudios de consejería pastoral, obligaron a Fahmi a confrontar la falta de perdón en su corazón. Consideró la enseñanza de Jesús sobre amar a los enemigos y bendecir a los que persiguen, y meditó en el acto de perdón de Jesús en la cruz. Fahmi sabía que perdonar a los culpables del atentado no solo era esencial para su sanidad y la de Anaya, sino una cuestión de obediencia fiel a Dios.

“Fue una larga lucha —expresó— pero después de 12 años puedo decir que realmente los hemos perdonado, porque nuestro Señor Jesús perdonó a los que lo persiguieron”.

El mensaje al que Fahmi se aferra hoy, y el mensaje que quiere que otros cristianos aprendan del atentado, es que ser cristiano es caminar por fe y no con temor. “Ya han pasado doce años y vivo por fe —agregó—. Ni siquiera este sufrimiento, persecución y dolor nos pueden separar del amor de Dios.

Vivir por fe debe ser nuestro compromiso con Dios y nuestra forma de vida. Cualquier cosa puede suceder en cualquier momento, en cualquier lugar, pero si tenemos una fe fuerte en Dios, si creemos que Jesús está con nosotros, no hay necesidad de temer”.

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Una decisión crítica https://www.persecution.com/es/historias/una-decision-critica/ Fri, 26 Sep 2025 14:44:21 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5498 Cómo calcular el costo ayudó a Twen Theodros a soportar 16 años en una prisión eritrea.  Twen Theodros tenía solo dos años de ser cristiana cuando la arrestaron en Eritrea por primera vez. En el 2002, la dictadura del país declaró ilegal todo grupo religioso menos el islam sunita, la Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Eritrea, la Iglesia Católica y la Iglesia Evangélica Luterana de Eritrea. El gobierno mantiene un estricto control sobre estos grupos y sus mensajes, y las iglesias sin aprobación deben reunirse en secreto. En febrero de 2004, Twen tenía 20 años, acababa de terminar su servicio militar obligatorio, y fue asignada a trabajar en Asmara, la capital Eritrea. Por esa época, visitó una iglesia en casa para adorar clandestinamente junto con otros cristianos. Sin embargo, las autoridades eritreas, quienes regularmente se infiltran en las iglesias, descubrieron la reunión de adoración en la casa-iglesia y arrestaron a los creyentes cuando salían de la reunión. Después de pasar un mes en la prisión, Twen fue engañada para firmar un documento tras su liberación. Su padre le rogó que firmara el documento; él y el oficial de la prisión le aseguraron que solo estaba reconociendo que no podría predicar ni

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Cómo calcular el costo ayudó a Twen Theodros a soportar 16 años en una prisión eritrea

Twen Theodros tenía solo dos años de ser cristiana cuando la arrestaron en Eritrea por primera vez.

En el 2002, la dictadura del país declaró ilegal todo grupo religioso menos el islam sunita, la Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Eritrea, la Iglesia Católica y la Iglesia Evangélica Luterana de Eritrea. El gobierno mantiene un estricto control sobre estos grupos y sus mensajes, y las iglesias sin aprobación deben reunirse en secreto.

En febrero de 2004, Twen tenía 20 años, acababa de terminar su servicio militar obligatorio, y fue asignada a trabajar en Asmara, la capital Eritrea. Por esa época, visitó una iglesia en casa para adorar clandestinamente junto con otros cristianos.

Sin embargo, las autoridades eritreas, quienes regularmente se infiltran en las iglesias, descubrieron la reunión de adoración en la casa-iglesia y arrestaron a los creyentes cuando salían de la reunión.

Después de pasar un mes en la prisión, Twen fue engañada para firmar un documento tras su liberación. Su padre le rogó que firmara el documento; él y el oficial de la prisión le aseguraron que solo estaba reconociendo que no podría predicar ni asistir a una iglesia grande, pero que aún podría predicar en grupos pequeños. Pero cuando Twen regresó a su puesto militar y le dio la carta de la prisión a su supervisor, se dio cuenta de que, sin saberlo, había aceptado regresar al grupo religioso aprobado por el gobierno al que solía pertenecer.

“Regresé a casa y comencé a llorar y pedir perdón, a arrepentirme”, dijo. Mientras oraba, pensó en Apocalipsis 3:16: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.

El versículo le ayudó a Twen a darse cuenta de que tenía que comprometerse por completo a Cristo o dejar de decirse cristiana. Podía obedecer la Palabra de Dios o la carta que había firmado. Hincada junto a su cama, colocó una Biblia frente a ella e imaginó la carta que había firmado junto a la Biblia. “Le pedí a mi alma elegir una”, dijo.

“¿Estás dispuesta a abandonar a tu padre, tu madre, tus hermanos, tu trabajo y tu vida?”, se preguntó, pensando en Lucas 14:26-33. Mientras consideraba el pasaje de las Escrituras, respondió “Lo estoy”. Aun así, le dolió elegir al Señor por encima de su trabajo, familia y vida.“Estoy dispuesta y dispuesta y dispuesta”, se repetía en afirmación.

Después de comprometerse a vivir según la Palabra de Dios, Twen dijo que sintió paz. “Sentí gozo en el corazón”, relató. Su compromiso resultó ser crucial para soportar sus próximos 16 años de vida.

Ocho meses después de su primer arresto, mientras Twen y unos 60 cristianos más hacían una velada de oración de Año Nuevo, la policía rodeó la casa y arrestó a todas las personas adentro. Twen dijo que recordó Filipenses 1:29: “Porque a ustedes se les ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él”.

Twen y los demás cristianos fueron llevados a la prisión de Mai Serwa, cerca de Asmara, donde fueron encerrados en contenedores de transporte de metal. La condición de estas “prisiones”, aún usadas en Eritrea hoy en día, son algunas de las más severas del mundo. De día, dijo Twen, el calor era insoportable, y de noche todos luchaban por mantenerse abrigados. Los prisioneros solo recibían sopa de lentejas, pan y té, junto con una cantidad limitada de agua para beber.

Estando en prisión, Twen se hizo amiga cercana de Helen Berhane, una cantante cristiana eritrea que había estado detenida en un contenedor de transporte desde febrero de 2004. Helen ayudó a Twen a soportar sus nuevas circunstancias. Pero, cuando Helen fue liberada en octubre de 2006 después de una grave enfermedad, los guardias aislaron a Twen para evitar que testificara a otros presos. “Estuve sola —dijo Twen—. Fue muy duro para mí”.

De día, los guardias cerraban la ventanita del contenedor de Twen para prevenir que entrara aire fresco. El objetivo era quebrantar su determinación y obligarla a firmar otro documento donde dijera que renunciaba a su fe.

Un día, cerca del mediodía, Twen tuvo dificultades para respirar por el sofocante calor en el contenedor. “Luché por sobrevivir —dijo—. Era más de lo que podía soportar, fue demasiado para mí. Comencé a orar: ‘Dios, por favor, ayúdame’”.

Encontró la respuesta a su oración en otro pasaje que recordó, 1 Pedro 4:12-13. La Palabra de Dios habló directamente a su situación: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría”.

Twen pasó tres de los 16 años de su sentencia encerrada en un contenedor de transporte. En ese tiempo, conoció y fue animada por la cantante cristiana eritrea Helen Berhane.

Twen se dio cuenta que su prueba de fuego era simplemente parte de seguir a Cristo, y aceptó la posibilidad de que la condujera a la muerte. “Por un lado —dijo—, me alegré, porque iría a la gloria, y por otro lado, el sufrimiento era doloroso. Mientras pensaba en esto, ese versículo me consoló y comencé a sentir como un aire fresco. Podía ver la presencia del Espíritu Santo, y comencé a adorar a Dios”.

Tres horas después, los guardias abrieron la puerta esperando ver a Twen al borde de la muerte y ansiosa por firmar el documento. “Pude ver en sus caras que se sorprendieron al verme con vida”, dijo. Pero sabía que su objetivo era persuadirla a renunciar su fe, no matarla.

De repente, después de dos años y diez meses encerrada en el contenedor, generalmente aislada, Twen fue llevada a otra prisión. “Sentí gran gozo, porque cuando me llevaron al otro lugar me reuní con otras hermanas cristianas —dijo—. Sentí como si me estuvieran liberando, así que alabé a Dios”.

En la prisión de Wi’a, ubicada en la costa del Mar Rojo, donde las temperaturas pueden superar los 38ºC, Twen y los demás cristianos fueron arrojados a una celda subterránea — un hoyo cavado a mano con paredes de piedra. Los guardias intentaron hacer que los cristianos renunciaran a su fe. “Intentaron intimidarnos con advertencias de que si no renunciábamos a nuestra fe sufriríamos esto o aquello —relató Twen—, pero nuestra postura era ser fieles hasta la muerte”.

Con el tiempo, los guardias se impacientaron y cambiaron de táctica. Comenzaron a golpear y azotar a las mujeres, proveyéndoles solo pan y un vaso de agua al día. Pero Twen y sus compañeras de celda permanecieron firmes en su fe, y Twen nunca vaciló del compromiso que hizo con Dios en el 2004.

Los métodos de tortura de los guardias evolucionaron hasta que, eventualmente, obligaron a las mujeres a caminar sobre suelo espinoso bajo el sol abrasador del desierto. “Luego nos hacían acostar sobre el suelo, y comenzaban a golpearnos muy fuerte —explicó Twen—. Nos golpeaban en una parte de los hombros, y golpeaban el mismo lugar una y otra vez para maximizar el dolor”.

Al terminar la paliza, los guardias les ordenaron a las mujeres negar su fe en Jesucristo.

Uno de los guardias le dijo a Twen que le daría unos minutos para pensar su respuesta, y se fue. Cuando regresó, la fe tan firme de Twen lo enfureció. Ella ya había decidido, antes de ir a la prisión, que su vivir es Cristo.

“Cristo me dio Su vida —le dijo al guardia—, así que darle la mía es poca cosa. Como dicen las Escrituras: ‘Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de la vida’ (Apocalipsis 2:10). Yo ya le di mi vida”.

“Te respetábamos —replicó el guardia—, pero no mereces el respeto. ¡Acuéstate! ¡Acuéstate!”.

Luego golpeó a Twen repetidamente en la espalda con toda la fuerza que tenía. “Fue demasiado —dijo Twen—. Comencé a llorar: ‘Señor, por favor, no me pruebes más de lo que pueda soportar’”.

Twen comenzó a pensar en los sufrimientos de Cristo por ella en la cruz, y se sintió honrada de unirse a sus padecimientos. A medida que sintió que la gracia de Dios caía sobre ella, dijo que empezó a sentir compasión por el guardia, aun mientras la golpeaba. “Por favor, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, oró, recordando las palabras de Cristo en la cruz.

Pronto otro guardia tomó el mando y relevó a los demás. Este hombre, también un soldado, llevaba un gran palo consigo. “Le habían ordenado solo cuidarnos, no torturarnos”, dijo Twen.

Pero el nuevo guardia siguió golpeando al azar a las demás mujeres con el palo.

Mientras Twen oraba, vio una visión de un hombre que cargaba una niña. El hombre, dijo, parecía Jesús, y estaba sosteniendo una pequeñita en sus manos para protegerla de los golpes que recibía por todos lados. Mientras tanto, la niña se sentaba en paz en sus brazos, tocando su cabello y sonriendo.

A la noche siguiente, llevaron a Twen a ser torturada. “Sentí como si todos los palos me golpearan —dijo—, pero me di cuenta de que caían sobre Jesús, así como en mi visión. Era Él quien soportaba los golpes y quien sufría. Ver eso es lo que fortaleció mi corazón”.

En vez de pedirle a Dios que la liberara o sostuviera su salud, Twen oró para que Él la mantuviera fiel. Dijo que se acordó de 1 Corintios 6:19-20, que nos dice que fuimos comprados por la sangre de Jesucristo y le pertenecemos a Él.

“En las Escrituras, Él nunca nos promete que no sufriremos —dijo Twen—. No me pertenezco; le pertenezco a Dios. Él me puede llevar a donde me quiera llevar. Yo solo estoy aquí para hacer Su voluntad, no la mía”.

Unas semanas después, las palizas reiniciaron, pero los guardias no se limitaban a una sola parte del cuerpo. Mientras el intenso dolor hizo que perdiera y recuperara el conocimiento, experimentó otra visión.

“Pude ver a las estrellas crecer y crecer —dijo—, y comencé a oír música muy bonita, como de un ángel, y a sentir el aire fresco”. Luego abrió los ojos.

“Pude ver al hombre que me torturaba —dijo—. Podía ver su enojo. Me estudiaba. Me entristeció el regresar de esa visión del cielo. Le pregunté a Dios ‘¿Por qué?’. Siempre recuerdo ese momento”. Twen dijo que los guardias esperaban usar su desorientación para hacer que negara su fe.

Esa misma noche, Twen supo que los guardias no eran la única fuente de miedo y sufrimiento que podría enfrentar. Ella y una amiga estaban acostadas en la oscura fosa subterránea cuando Twen, medio inconsciente, de repente sintió que algo mordía su pie. Su amiga prendió un cerillo que les alumbró lo suficiente para ver una serpiente enrollada junto a su pie. Su amiga mató a la serpiente con una escoba que había cerca.

Unos diez minutos después, luego de volver a perder el conocimiento, un ruido despertó a las mujeres. Esta vez, una cobra y otras dos serpientes arrastraban el cuerpo de la serpiente muerta. La amiga de Twen mató a dos de las serpientes, pero la cobra se escapó siseando por una apertura en la pared de piedra. Cuando un guardia que escuchó el bullicio abrió la puerta y apuntó su lámpara a la cobra, Twen y la mujer le pidieron ayuda. Pero el guardia, temblando de miedo, les entregó su lámpara y su bastón antes de salir de la celda subterránea y cerrar la puerta con llave tras él. La amiga de Twen comenzó a recitar 1 Samuel 17:46, donde David le dice a Goliat “El Señor te entregará hoy en mis manos, y yo te derribaré y te cortaré la cabeza”.

“Cuando comenzamos a repetir estas palabras una y otra vez, nos armamos de fuerza —dijo Twen—. Le dijimos [a la cobra] ‘Hoy traes tu ira y siseas, pero nosotras venimos contra ti en el nombre del Señor, y Dios nos entregará tu cabeza’”.

La misma amiga que había matado las demás serpientes golpeó a la cobra en la cabeza. Y cuando se retrajo y se enrolló, Twen la sostuvo contra la pared con un palo y su amiga la golpeó con otro.

Poco tiempo después de ese incidente, las palizas y la tortura cesaron.

Después de casi seis años en la prisión, permitieron a Twen salir temporalmente por una condición ocular. Debido a que el tratamiento requería una segunda cita, un amigo persuadió a los oficiales de la prisión a permitir que Twen permaneciera fuera de la prisión hasta su segunda cita.

Mientras Twen estuvo fuera de la prisión, sus padres intentaron hacer que firmara un documento donde negaba su fe. Un día, llevaron a un líder cristiano con ellos para ayudar a persuadirla. Usando la historia de Génesis 20 donde Abraham engaña a Abimelec sobre su esposa, Sara, para evitar la muerte, el líder cristiano le dijo a Twen que debía ser sabia como Abraham.

Su interpretación del pasaje enfureció a Twen. “¡No es bueno retorcer la Palabra de Dios!”, le dijo. Sorprendido por su enojo, el líder se disculpó y terminó la conversación abruptamente.

Un mes después, luego de su segunda cita médica, Twen decidió regresar a la prisión. Sabía que, si no regresaba, otros serían perseguidos por las autoridades. “¿Cómo puedo tomar el riesgo de ver a otros sufrir por culpa mía?”, pensó.

Después de una dolorosa partida con miembros de su familia, Twen regresó a la prisión, donde permaneció diez años más. Durante ese tiempo, se aferró a su esperanza en Cristo. “Yo no sabía cuándo me liberarían —dijo—. Estaba esperando el tiempo de Dios; oraba por que permaneciera fi el a Él hasta que llegara ese día”.

En la madrugada del 8 de septiembre de 2020, Twen se despertó temprano porque le tocaba cocinar el desayuno para los demás prisioneros. Después del desayuno, uno de los jefes llamó su nombre, y pronto supo que la estaban poniendo en libertad después de pasar 16 años en la prisión.

“Todos gritaban de gozo”, relató. Después de su liberación, Twen se mudó con su madre y comenzó el proceso de sanar física y emocionalmente. Un año y medio después, desarrolló una neumonía; su tiempo en prisión debilitó su sistema inmune.

Twen pronto se dio cuenta de cuánto se había perdido por estar en prisión. Había perdido un preciado tiempo con su padre, quien falleció dos años antes de su liberación. Pero a pesar de todos sus sacrificios, ella dijo que su futuro con Cristo era más que suficiente para compensarlo.

“Siempre intento comparar la eternidad con este corto periodo de nuestras vidas en la tierra —manifestó—. Estamos en este mundo por tan solo 70 u 80 años. Yo creo que Cristo es más grande que cualquier cosa. Él es bueno conmigo y es todo lo que necesito, pero Dios hace las cosas a Su tiempo. Mi trabajo es vivir para Cristo”.

Al principio, Twen encontró difícil la vida fuera de la prisión al ver cómo la gente se afana por trabajar, estudiar y ganar dinero. Ora por sabiduría para tener una vida equilibrada.

Mientras que admite que permanecer fiel a Cristo a veces fue difícil en la prisión, Twen dijo que por lo menos podía ver claramente el trabajo del enemigo. “Cuando sales, no ves la obra del enemigo tan fácilmente —explicó—. Hay muchas cosas que distraen. Necesitamos más gracia porque hay muchas cosas que se ven bonitas, pero que nos distraen de la obra de Dios. Debemos estar atentos”.

Se sabe que hoy más de 200 cristianos están en prisiones eritreas, incluyendo varios líderes principales de iglesias. Algunos de los encarcelados fueron arrestados en 2004, el mismo año del segundo arresto de Twen, y muchas familias no saben si sus seres queridos siguen vivos.

Al reflexionar sobre sus propios años de encarcelamiento, Twen dijo que está agradecida por todo lo que obtuvo mediante el sufrimiento. “Aunque es un periodo difícil de mi vida, pienso como Pedro y Juan, quienes fueron considerados dignos de sufrir la desgracia por el nombre de Jesús. Yo siento gozo cuando recuerdo mi tiempo en la prisión” dijo, refiriéndose a Hechos 5:41.

Hoy, Twen considera sus años de encarcelamiento un periodo gozoso y provechoso en su vida.

También entiende la importancia de conocer el costo de un compromiso con Cristo, como el que hizo en 2004 después de su primer arresto. “Esa decisión me sostuvo durante los 16 años del sufrimiento”, agregó. Por la probabilidad de ser reencarcelada, finalmente eligió salir de Eritrea e instalarse en otro país. Twen dijo que ora para que siempre pueda vivir su fe con la misma pasión y audacia que tuvo durante su encarcelamiento.

“Continúen orando por Eritrea y los perseguidos en Eritrea —dijo—, que mis hermanos y hermanas puedan ser animados en su fe y que sean fieles para ver más allá de la situación, para ver a Jesús en Su gloria”.

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Un interrogatorio mortal https://www.persecution.com/es/historias/un-interrogatorio-mortal/ Fri, 12 Sep 2025 09:00:00 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5488 Dina solo vivió cinco años con su esposo, y sus hijos nunca sabrán lo paciente, perdonador y humilde que era ese hombre. “Agradezco que Dios me diera un esposo así”, dijo Dina. “Siempre fue fiel a Dios”. Ali fue criado como cristiano en un país asiático que tenía solo unos pocos creyentes; mientras que Dina, quien creció en una familia musulmana, conoció a Cristo durante la universidad a finales de la década de 1990. Después de que ella comenzara a asistir a la iglesia donde Ali era pastor, se enamoraron y planearon casarse. En ese momento, las iglesias todavía realizaban reuniones abiertamente, pues el Gobierno del país aún no había aclarado su posición sobre los cristianos evangélicos. Entonces, un domingo durante el servicio, extremistas musulmanes detonaron dos bombas en la iglesia. Dina se encontraba al frente con el coro cuando la primera bomba explotó cerca de la puerta. La segunda bomba, que estaba más cerca de ella, rompió su tímpano y dañó permanentemente su audición. Casualmente Ali había salido el día del bombardeo. Después de las explosiones, Dina ayudó a subir a las personas en ambulancias y a asegurarse de que estuvieran bien. Mientras ella y otros seguían conmocionados, planeando

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Dina solo vivió cinco años con su esposo, y sus hijos nunca sabrán lo paciente, perdonador y humilde que era ese hombre. “Agradezco que Dios me diera un esposo así”, dijo Dina. “Siempre fue fiel a Dios”.

Ali fue criado como cristiano en un país asiático que tenía solo unos pocos creyentes; mientras que Dina, quien creció en una familia musulmana, conoció a Cristo durante la universidad a finales de la década de 1990. Después de que ella comenzara a asistir a la iglesia donde Ali era pastor, se enamoraron y planearon casarse. En ese momento, las iglesias todavía realizaban reuniones abiertamente, pues el Gobierno del país aún no había aclarado su posición sobre los cristianos evangélicos.

Entonces, un domingo durante el servicio, extremistas musulmanes detonaron dos bombas en la iglesia. Dina se encontraba al frente con el coro cuando la primera bomba explotó cerca de la puerta. La segunda bomba, que estaba más cerca de ella, rompió su tímpano y dañó permanentemente su audición. Casualmente Ali había salido el día del bombardeo.

Después de las explosiones, Dina ayudó a subir a las personas en ambulancias y a asegurarse de que estuvieran bien. Mientras ella y otros seguían conmocionados, planeando limpiar el lugar, llegó la policía. “Pensamos que ellos nos ayudarían”, dijo.

En lugar de ayudar, la policía llevó a los cristianos a una estación de policía para interrogarlos. Y en lugar de preguntar sobre el bombardeo, cuestionaron a Dina con cosas como: “¿Qué realizas en la iglesia?” y “¿Por qué vas a la iglesia?”.

Decidida a permanecer fiel, seguía repitiendo que creía en Jesucristo. Entonces otro policía entró y comenzó a agredirla sexualmente. “Veremos cómo es que tu Dios te salva”, dijo.

Orando por la ayuda de Dios, Dina gritó de repente: “¡Jesús, Señor, Él es fuerte!” Con eso, el policía la empujó, diciendo: “Sáquenla. Está mentalmente enferma”.

Finalmente, Dina fue llevada a una habitación donde los otros creyentes estaban detenidos. Y mientras escuchaba los gritos de los creyentes que eran golpeados en las salas de interrogatorio cercanas, comenzó a llorar. Entonces, uno de los líderes de la iglesia, cuya piel estaba ennegrecida por las quemaduras, dijo: “Todos estuvimos orando por ti. Oremos por los que todavía están allá”.



Como nueva creyente, Dina habló ansiosamente a sus parientes musulmanes acerca de Cristo, llevando finalmente a una tía, a un tío y a su abuela al Señor. “Cuando mis familiares se enteraron, comenzaron a culparme —dijo—. En mi segundo año de universidad, mi madre me echó de la casa. De hecho, mi mamá me dijo: ‘Toma tu ropa y vete con Dios. Ve a la iglesia y con tu Dios. Ya no puedes quedarte conmigo’”.

Después del bombardeo contra la iglesia, la universidad también le pidió que no volviera, temiendo el estigma de un estudiante visiblemente cristiano. “Yo no tenía nada”, recordó, “no tenía dinero, solo una bolsa de libros. Comencé a orar, y Dios me dio fuerza para perseverar. Recordé un versículo de la Biblia: ‘Toma tu cruz y sígueme’”.

Después de que Dina y Ali se casaran, Ali continuó sirviendo incansablemente a la iglesia. Fue encarcelado varias veces debido a su trabajo como pastor, y la policía iba con frecuencia a su casa para amenazarlo e instarlo a abandonar el país. Como obreros de primera línea en un país cerrado, la pareja recibía apoyo regular de La Voz de los Mártires (VOM por sus siglas en inglés).

En 2011, Ali asistió a una conferencia en un país vecino. Al regresar fue detenido en la frontera portando un maletín lleno de Biblias. “Nadie podía cruzar la frontera con una Biblia, un libro cristiano o cualquier cosa relacionada con el cristianismo”, relató un líder cristiano del país. “Incluso una Biblia para uso personal era considerada ilegal. Por lo general, los materiales eran confiscados y las personas interrogadas”.

Cuando los guardias fronterizos le informaron a Ali que iría a la cárcel, él les suplicó, explicando que necesitaba llegar a casa con su esposa embarazada. Después de ser retenido toda la noche para ser interrogado, fue liberado a la mañana siguiente y llegó a casa por la noche.

Ali y Dina permanecieron despiertos hablando hasta las dos de la mañana.

“No tuve miedo de estar en la cárcel”, le dijo Ali a su esposa, “temía por ti y por los niños. Pedí a Dios que si tuviera que morir, muriera en casa y no ahí”.

Ali no despertó a la mañana siguiente. Murió de un ataque al corazón a pesar de ser joven, saludable y de haberse realizado un examen del corazón unos meses antes. “Quienes han experimentado ese cruce fronterizo comprendieron inmediatamente lo que pudo haber sucedido”, comentó el líder cristiano. Era común que los drogaran durante los interrogatorios.

  • Obreros de VOM orando con Dina

La vida ha sido difícil para Dina y para sus tres hijos desde la muerte de Ali. “No conocemos las respuestas a nuestras muchas preguntas,” dijo. “Solo tenemos que saber que Ali goza de la vida eterna. Lo extraño”.

Dado que las mujeres son consideradas como una propiedad en el país de Dina, los hombres de la iglesia tienen que firmar por ella los contratos de alquiler, y pagar sus cuentas. VOM ha estado apoyándola con el alquiler. También tiene que mudarse con frecuencia cuando los vecinos descubren que es cristiana. En un lugar, los niños vecinos golpearon a sus hijos y los llamaron kafirs, o infieles.

El año pasado, Dina consiguió un trabajo enseñando ruso en una universidad. Pero seis meses después, le pidieron que abandonara su iglesia o que renunciara. Dina eligió dejar su trabajo.

Debido a que los niños eran muy pequeños cuando Ali murió (Dina estaba embarazada de su hijo menor en ese momento), Dina es el único progenitor que conocen. “Quiero criarlos bien, como lo hubiera hecho su padre”, dijo. “Quiero que sean fieles a Dios y le sirvan con sus dones”.

Por años, los familiares de Dina le dijeron que su fe cristiana era la culpable de todas sus dificultades, que estaba maldita y engañada. Pero la opinión que tienen de ella se ha suavizado al observarla a lo largo del tiempo. Un tío, un riguroso musulmán, admitió que admiraba su perseverancia. “Qué mujer eres,” le dijo. “Aun te mantienes firme a pesar de este problema. Eres pura y no te has estropeado. Puedo ver que Dios está haciendo algo en tu corazón”.

Dina continúa caminando por el largo camino del sufrimiento hacia su esperanza eterna. Ella ha visto la fidelidad y el poder de Dios en el pasado, y sabe que Él siempre estará allí para ella, sin importar lo que enfrente.

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Un pastor desplazado alcanza a los desplazados https://www.persecution.com/es/historias/un-pastor-desplazado-alcanza-a-los-desplazados/ Fri, 29 Aug 2025 09:00:00 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5479 Rodeado por cerca de 80 personas, incluyendo musulmanes; el pastor Pierre Lassane utiliza enormes hojas desgastadas para explicar el Evangelio. Todos se encuentran refugiados en esta antigua escuela primaria, ahora un campo para desplazados internos (CDI), tras huir de los terroristas islámicos que han atacado zonas de Burkina Faso en los últimos años. Los musulmanes que viven en el campo han sufrido mucho a manos de los islamistas, seguidores de su propia religión, lo que los ha hecho más receptivos al mensaje de esperanza de Pierre. “Antes de que llegaran los terroristas, los musulmanes no querían escucharnos —dijo Pierre—. Si nos veían, no nos hablaban”. Ahora, cuando Pierre visita a los desplazados, ellos se acercan a escucharlo y ponen su fe en Cristo. Viendo la Verdad Aproximadamente 1.7 millones de personas en Burkina Faso se han visto obligadas a huir de los grupos islamistas que han invadido los países vecinos de Malí y Níger desde 2016. Y los militantes a menudo matan tanto a musulmanes como a cristianos. Pierre también fue un ferviente musulmán. Pero en 1985, cuando tenía 21 años, su hermano mayor enfermó y los médicos no pudieron ayudarlo. Pierre y su hermano finalmente visitaron a un pastor,

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Rodeado por cerca de 80 personas, incluyendo musulmanes; el pastor Pierre Lassane utiliza enormes hojas desgastadas para explicar el Evangelio. Todos se encuentran refugiados en esta antigua escuela primaria, ahora un campo para desplazados internos (CDI), tras huir de los terroristas islámicos que han atacado zonas de Burkina Faso en los últimos años. Los musulmanes que viven en el campo han sufrido mucho a manos de los islamistas, seguidores de su propia religión, lo que los ha hecho más receptivos al mensaje de esperanza de Pierre.

“Antes de que llegaran los terroristas, los musulmanes no querían escucharnos —dijo Pierre—. Si nos veían, no nos hablaban”. Ahora, cuando Pierre visita a los desplazados, ellos se acercan a escucharlo y ponen su fe en Cristo.

Aproximadamente 1.7 millones de personas en Burkina Faso se han visto obligadas a huir de los grupos islamistas que han invadido los países vecinos de Malí y Níger desde 2016. Y los militantes a menudo matan tanto a musulmanes como a cristianos.

Pierre también fue un ferviente musulmán. Pero en 1985, cuando tenía 21 años, su hermano mayor enfermó y los médicos no pudieron ayudarlo. Pierre y su hermano finalmente visitaron a un pastor, y después de que el pastor orara por su hermano, él sanó.

El pastor también compartía historias bíblicas que conmocionaban a Pierre. “Cuando el pastor predicó y narró la historia de Jesús, no fue la misma historia que leemos en el Corán”, dijo. La enseñanza del pastor abrió los ojos de Pierre a la verdad del Evangelio, y ese día puso su fe en Cristo.

Cuando empezó a hablar a los demás de su Salvador, Jesucristo, la mayoría de su familia y todo el pueblo lo rechazaron. El padre de Pierre lo echó a él y a su esposa de la casa que compartían, lo que obligó a la pareja a vivir en tierras que los lugareños consideraban malditas por espíritus malignos.

“Decían que no viviríamos ni una semana”, dijo Pierre. Cuando él y su esposa se enfermaron poco después de mudarse a esa tierra, la gente de la comunidad naturalmente creyó que se trataba de un ataque espiritual.

Pierre comenzó a ayunar y a orar, clamando a Dios para que interviniera. Poco más de dos semanas después, tuvo una visión en la que una serpiente mortal lo perseguía hasta que una luz brillante la hizo desaparecer. Luego, poco después de la visión de Pierre, un árbol que la comunidad creía que albergaba espíritus malignos se desplomó durante una tormenta. Pierre le prendió fuego al día siguiente, y en poco tiempo, él y su esposa se recuperaron por completo de su enfermedad. Debido a que no murieron, muchas personas de la aldea comenzaron a escuchar cuando él compartía el Evangelio.

En los años siguientes, Pierre realizó distintos trabajos en otras partes de Burkina Faso, así como en el vecino Camerún, pero se sintió llamado a la obra ministerial. En 2001, asistió a la escuela bíblica y luego regresó a su pueblo natal como ministro ordenado. Algunos en su aldea estaban dispuestos a escuchar el Evangelio, pero su padre, que practicaba una mezcla de islam y espiritismo tribal, todavía lo rechazaba.

Su padre nunca llegó a la fe en Cristo, pero Pierre perseveró en su trabajo ministerial, y con el tiempo, plantó cinco iglesias en el área alrededor de su aldea en Burkina Faso. Sirvió fielmente a esas iglesias durante años, hasta el día en que los terroristas atacaron.

Si bien los islamistas han atacado indiscriminadamente a musulmanes y cristianos en Burkina Faso, los cristianos han sido el objetivo principal de su campaña desde abril de 2019. En mayo de ese año, los militantes atacaron una aldea a unos 19 kilómetros de la casa de Pierre, matando a un pastor local y a cuatro diáconos. Los militantes a menudo atacan a los líderes eclesiásticos en Burkina Faso porque obstaculizan el establecimiento de un estado islámico.

Dos días después de ese ataque, unos cuarenta hombres armados llegaron en motocicletas a la aldea de Pierre alrededor de las 9 de la noche haciendo saber que buscaban al pastor de la aldea. Un amigo llamó inmediatamente a Pierre para advertirle. “Me dijo que querían matarme”, dijo Pierre.

La mujer de Pierre, que estaba cocinando, dejó todo y corrió junto con él al bosque. Desde su escondite, observaron cómo los hombres armados los buscaban en el pueblo. “No nos encontraron en nuestra casa —dijo Pierre—. Fueron a casa de nuestros vecinos y mataron a dos hombres”.

Pierre y su esposa lograron localizar a sus ocho hijos, pues algunos de ellos estaban cuidando a sus animales en los campos. Luego, la familia huyó a pie recorriendo cuarenta kilómetros hasta llegar a un lugar seguro.

Los islamistas atacaron decenas de aldeas en 2019, obligando a unas 60.000 personas de la región a huir de sus casas y buscar refugio más al sur, cerca de la capital de Burkina Faso, Uagadugú. Congregaciones enteras huyeron a pie, abandonando todas sus cosechas y ganado, sus principales fuentes de ingresos. “No pudimos llevar comida ni ropa, nada”, recordó Pierre, y agregó que él y su esposa no durmieron bien durante meses.

Las iglesias locales se vieron superadas por las necesidades de sus hermanos y hermanas en Cristo desplazados. Determinaron que una de las mejores maneras de ayudar a los pastores desplazados y a sus congregaciones era enseñarles cómo iniciar negocios pequeños y auto sostenibles que no requirieran una parcela de tierra.

Con la ayuda de VOM, los líderes de la iglesia burkinesa crearon un programa para capacitar a más de 140 pastores desplazados, incluido Pierre, en la cría de aves de corral. Los pastores asistieron a un curso de tres días en el que un profesor cristiano de una universidad agrícola local les enseñó a criar pollos. Después, todos los pastores recibieron algunos polluelos para comenzar el negocio.

pastor Pierre

Algunos de los pastores dicen que la avicultura los ha mantenido con vida puesto que ya no poseen campos para cultivar, y además les proporciona un ingreso para apoyar su trabajo ministerial. Después de meses viviendo como refugiados, Pierre y su familia finalmente encontraron una pequeña casa para alquilar a unos 100 kilómetros al norte de Uagadugú; ellos comparten su hogar con otras 20 personas desplazadas.

Pierre utiliza parte del dinero que gana en la avicultura para comprar combustible que le permite alcanzar a más personas con el Evangelio. Usando una Biblia en audio que recibió de VOM, él predica y enseña entre los refugiados de su ciudad. “La gente no tiene nada que hacer —agregó—, así que quieren escuchar la Biblia. Muchos están entregando su vida a Cristo”.

Sin embargo, incluso en la relativa seguridad de su nueva ubicación, Pierre todavía se encuentra ocasionalmente con militantes islámicos. “Hace tres días, fuimos a una aldea para evangelizar — dijo—. Cuando iba de regreso, terroristas y militares estaban disparándose. Entré a la zona donde estaban disparando. Había un enfrentamiento y no supe qué hacer”.

Mientras estaban atrapados en el fuego cruzado, un avión militar bombardeó a los militantes, lo que permitió a Pierre escapar. Dijo que este tipo de situaciones no le impedirán hacer el trabajo de evangelista, un papel que cree que Dios ha confirmado para su vida.

Antes de verse obligado a huir de su casa en mayo de 2019, Pierre tuvo un sueño sobre Esteban, el primer mártir. En el sueño, el Señor le decía que, aunque tendría dificultades, todavía no moriría. El sueño, dijo, terminó con una orden: “Quiero que continúes con tu ministerio”.

Así que, con sus enormes hojas de papel desgastadas en la mano, Pierre sigue adelante, comprometido a hacer todo lo posible para ayudar a que las personas desplazadas en Burkina Faso encuentren la esperanza eterna en Cristo. 

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Avanzando hacia la Luz https://www.persecution.com/es/historias/avanzando-hacia-la-luz/ Fri, 01 Aug 2025 10:00:00 +0000 https://www.persecution.com/es/historias/?p=5469 Habiendo sufrido profundas heridas por años de palizas por parte de su esposo musulmán, una mujer egipcia ahora se regocija en el amor de Dios y en la cruz de Cristo. Emaan era apasionadamente devota del islam. “Solía amar a Mahoma —dijo—. Mi corazón deseaba haber vivido en la antigüedad y haber sido escogida para ser una de sus esposas”. Realizó seis peregrinaciones a principios de la década del 2000, viajando desde su casa en Egipto hacia los lugares más sagrados del islam. “En la mezquita en Medina, la ‘Mezquita del Profeta’, nunca daría la espalda”, recordó sobre un hajj, un viaje religioso a Arabia Saudita que los musulmanes deben hacer al menos una vez. Como ferviente seguidora de la fe, Emaan fue mucho más allá de lo requerido por el islam “Cuando me marchaba —explicó— miraba [la mezquita] de frente y caminaba hacia atrás para mostrar respeto”. Pero con el tiempo, Emaan optó por alejarse del islam. Cuando supo que Aisha, la última esposa de Mahoma, tenía 9 años en el momento de su matrimonio, esto sacudió su fe. A medida que su propia hija se acercaba a esa edad, Emaan se impresionaba por lo inapropiado que era que

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Habiendo sufrido profundas heridas por años de palizas por parte de su esposo musulmán, una mujer egipcia ahora se regocija en el amor de Dios y en la cruz de Cristo.

Emaan era apasionadamente devota del islam. “Solía amar a Mahoma —dijo—. Mi corazón deseaba haber vivido en la antigüedad y haber sido escogida para ser una de sus esposas”. Realizó seis peregrinaciones a principios de la década del 2000, viajando desde su casa en Egipto hacia los lugares más sagrados del islam. “En la mezquita en Medina, la ‘Mezquita del Profeta’, nunca daría la espalda”, recordó sobre un hajj, un viaje religioso a Arabia Saudita que los musulmanes deben hacer al menos una vez.

Como ferviente seguidora de la fe, Emaan fue mucho más allá de lo requerido por el islam “Cuando me marchaba —explicó— miraba [la mezquita] de frente y caminaba hacia atrás para mostrar respeto”.

Pero con el tiempo, Emaan optó por alejarse del islam. Cuando supo que Aisha, la última esposa de Mahoma, tenía 9 años en el momento de su matrimonio, esto sacudió su fe. A medida que su propia hija se acercaba a esa edad, Emaan se impresionaba por lo inapropiado que era que el fundador del islam tomara una niña como esposa. 

“Eso activó un profundo deseo en mi corazón de dudar de su personalidad y su carácter, y buscar quién era realmente —dijo—. No podía aceptar eso de una persona normal, y mucho menos de un profeta, de un maestro. Para mí era aborrecible”.

Cuando Emaan compartió sus preocupaciones con su esposo, él se sorprendió por su escepticismo y le advirtió contra la blasfemia. Aun así, Emaan siguió buscando respuestas, con la esperanza de resolver la tensión en su corazón.

Una mañana temprano, Emaan soñó que una mujer la guiaba a un hombre cuyo rostro irradiaba luz. La figura resplandeciente sostenía un libro en un idioma que no reconocía, pero de alguna manera podía entenderlo. Titulado “Los nombres de Dios”, el libro enumeraba muchos de los atributos de Dios. Y mientras miraba las palabras, todos los nombres se fundieron en uno solo: YO SOY.

Emaan compartió el sueño con su esposo, pero él le dijo que eso era satánico.

Entonces, un día, Emaan y su esposo instalaron una nueva antena para televisión satelital. Mientras que los técnicos musulmanes suelen filtrar los canales cristianos, este no lo hizo.

Emaan comenzó a ver programas cristianos en árabe y comenzó a obtener las respuestas que había estado buscando. Tras conseguir una copia de la Biblia, pasó los siguientes cuatro años comparando el cristianismo con el islam. Con el tiempo, rechazó el islam y puso su fe en Cristo.

Cuando el esposo de Emaan se enteró de su fe cristiana, explotó en ira. “Se convirtió en una bestia, una bestia salvaje —dijo—. Él solía hacerme daño y golpearme, y cuando se cansaba, pedía a sus padres que enviaran gente para que viniera a hacerme daño”.

El esposo de Emaan a veces la encerraba en una habitación durante días, separándola de sus hijos pequeños que lloraban. Y la golpeaba con artículos domésticos, incluyendo un gran reproductor de video que le rompió en la cabeza. Las golpizas, que continuaron por años, estuvieron a punto de matarla en varias ocasiones.

Emaan soportó el brutal abuso, pero le causó profundas heridas físicas y emocionales. Cuando finalmente solicitó el divorcio, los funcionarios del gobierno inicialmente fallaron en su contra porque era considerada una apóstata por abandonar el islam. Pero el divorcio finalmente fue aprobado y obtuvo la custodia de sus hijos, a pesar de que sus propios padres habían testificado en su contra debido a su fe cristiana.

Después del divorcio, Emaan comenzó a asistir a un estudio bíblico, allí conoció a un hombre llamado Abasi que también era un cristiano convertido del islam. Su familia había intentado matarlo con un gran cuchillo para sacrificar animales.

Más tarde, Emaan y Abasi se casaron y se mudaron a una ciudad cerca del Mar Rojo, donde comenzaron a reconstruir sus vidas. Emaan trabajaba como estilista, y Abasi dirigía una tienda de ropa.

Aunque Emaan y Abasi se habían bautizado como cristianos, sus tarjetas de identificación oficiales todavía los clasificaban como musulmanes. En Egipto, los cristianos convertidos del islam no pueden obtener nuevas tarjetas de identificación del gobierno, por lo que Emaan, su esposo e hijos eran vistos con mucha desconfianza por algunos miembros de la comunidad cristiana tradicional que dudaban de la sinceridad de sus conversiones.

Para evitar ser acusados de hacer proselitismo entre los musulmanes, muchos cristianos tradicionales prohíben la entrada de personas a sus iglesias a menos que tengan una tarjeta de identificación cristiana o un tatuaje de una cruz ortodoxa. Los tatuajes se ven comúnmente en las manos y muñecas de los cristianos coptos en Egipto.

Emaan y Abasi se comprometieron a asistir a la iglesia a pesar de ser hostigados y a veces agredidos físicamente por musulmanes locales y algunos de la comunidad cristiana tradicional.

“Quería que mis hijos vivieran la vida cristiana y crecieran en la iglesia —dijo Emaan—. A pesar de que estaban en peligro, quería que asistieran todos los domingos”.

Cuando se corrió la voz de que estos “musulmanes” que decían ser cristianos asistían a la iglesia, alguien grabó en secreto un video de ellos recibiendo la comunión y lo publicó en línea.

Después de eso, los musulmanes dejaron de acudir con Emaan para sus servicios de peluquería y advirtieron a otros que se alejaran de la tienda de ropa de su esposo. Se vieron obligados a reubicar sus negocios repetidamente cuando un propietario tras otro revocó sus contratos de arrendamiento, y el negocio de Abasi pronto fracasó.

En un momento dado, la policía arrestó a Emaan y Abasi, después de que los musulmanes se quejaran de su conversión a Cristo. Y las autoridades detuvieron a Abasi durante tres días, incluso amenazándolo de muerte.

Sus hijos también enfrentaron persecución. Nermeen, su hija adolescente, fue obligada a usar un hiyab mientras asistía a la escuela. Ella y su hermano eran objeto de burlas, fueron acosados y a veces golpeados en la escuela y en su vecindario.

Emaan finalmente sacó a su hijo de la escuela y lo envió a un monasterio por un año. Y cuando su hija fue secuestrada, llegaron a su punto de quiebre.

Varios estudiantes musulmanes secuestraron a Nermeen y la llevaron a una zona remota. La golpearon y trataron de que se retractara de su fe cristiana, pero ella se negó. “Ella dijo que era cristiana —recordó Emaan—, luego perdió el conocimiento, por lo que pensaron que había muerto”.

Cuando Nermeen recobró la conciencia, estaba sola en el desierto. Afortunadamente, un autobús turístico que pasaba por allí la recogió.

Después del secuestro de Nermeen, Emaan y Abasi decidieron abandonar el país. Fueron al aeropuerto confiando en que el Señor les proporcionaría una manera de salir.

La Iglesia Ortodoxa Copta les había proporcionado una carta declarando que habían sido perseguidos y que debían abandonar Egipto por su seguridad, pero el gobierno no les ayudó y no tenían visas de viaje. Cuando un funcionario de inmigración en el aeropuerto les preguntó por qué salían del país, su hijo menor comenzó a gritar incontrolablemente. Al parecer, el berrinche del niño fue tan irritante que el funcionario finalmente los dejó pasar. “Eso nunca sucede —dijo Emaan—. Fue un milagro”.

La familia se instaló en el Líbano, donde llegaron con poco dinero, sin amigos ni contactos. Pero pronto encontraron una iglesia activa que les ayudó proveyéndoles y conectándolos con el cuerpo global de Cristo para obtener apoyo adicional.

Emaan maduró como cristiana en la nueva iglesia, y poco a poco perdonó a los que la habían maltratado, especialmente a los atrapados en el islam.

Emaan y su familia tienen pocas posesiones terrenales, pero ella permanece gozosa a pesar de su difícil situación financiera. “Estamos satisfechos [en Cristo] —dijo—. Estamos contentos sin tener nada. Nuestra vida con Cristo es tan hermosa”.

Emaan y Abasi lideran varios grupos pequeños ministrando musulmanes, a quienes ahora ve con compasión. “Era una vida muy dura, muy seca, como la muerte —dijo sobre sus anteriores creencias islámicas—. Si lo tienes todo, pero no tienes la bendición [de Cristo], no puedes ser una bendición para quienes están en tinieblas”.

Habiendo escapado de la oscuridad, hoy Emaan está decidida a mostrar la luz de Cristo a sus vecinos musulmanes.

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